Es cierto. La ley que pretende regular el tráfico de productos culturales en internet no es perfecta, pero es necesaria como primer paso para ordenar una práctica cuyos significado y consecuencias muy pocos parecen comprender.
El valor del trabajo es un concepto sagrado para el buen funcionamiento de una sociedad. Una relación laboral se fundamenta en la compra-venta de trabajo; otra cuestión es que el precio que se paga por ese esfuerzo se considere más o menos proporcional, en cuyo caso hay medios suficientes para conseguir lo que se considera justo, negociando con el comprador de turno o buscando un mejor postor. Nadie ofrece su trabajo o aspira a ofrecerlo sin recibir, esperar o pretender un pago por ello (ya sea económico o de otra naturaleza). Y la principal cualidad del trabajador, aquello que le confiere la competencia, es el reconocimiento del valor de su esfuerzo. Por eso el principal activo del profesional es la propiedad de su trabajo, entendido como capacidad, habilidad, aptitud, ingenio o talento. Si es así, nadie aceptaría que otros se valiesen arteramente de sus logros para obtener un beneficio sin dar nada a cambio, aprovechando una posición de fuerza o alegalidad. Cuestión distinta es que un profesional ofrezca sus habilidades de forma altruista y cualquiera pueda beneficiarse de ellas libremente, pues en este caso se trata de una decisión personal que, si bien no la creo exenta de pretensiones, es perfectamente aceptable en tanto propietario de esas facultades. No son pocos los científicos o artistas que deciden ceder algún descubrimiento o creación a la comunidad y no por ello se les priva de su autoría y los beneficios que ello les puede reportar.
Tampoco creo que a nadie le agrade mucho que sus semejantes se apropien o disfruten de bienes y servicios que ha pagado o paga regularmente, pues no son una excepción quienes parasitan redes wifi, señales de televisión por satélite e incluso los suministros eléctricos particulares. Ni nadie se compra un coche, le llena el depósito y lo presta a todo el que se lo pide para que comprueben lo cómodo y potente que es, o una casa, la mantiene y se la presta a sus vecinos siempre que quieran para que disfruten de su confort. Quien no sea celoso de su propiedad que dé el primer paso. Pero, ¿y si estos dignos propietarios cobraran por que sus vecinos usen la wifi, el coche y la casa? Estarían en su derecho en tanto pueden disponer de esos bienes como mejor les parezca. Sin embargo deberían regularizar esas actividades asumiendo los costes y riesgos que ello supone o incurrir en la ilegalidad. De ahí que pocos se cuestionen en esos supuestos el valor de la propiedad y el uso de determinados bienes.
¿Por qué en cambio sí se cuestiona en el caso del producto cultural? Fundamentalmente por dos razones que están estrechamente relacionadas: el valor del producto cultural determinado por la concepción social de la cultura. En tanto ésta se entiende como un derecho -o al menos así se han empeñado en que se entienda- y no como un bien, en esencia su consumo no se asocia a un valor material sino estético, determinado ademas por el criterio utilitario de los bienes de consumo, en tanto se requiere un pago por su disfrute o posesión a pesar de todo. Así, la masa no entiende por qué ha de pagar por algo que no sabe muy bien para qué sirve, dura poco y, además, requiere un esfuerzo de comprensión. Esa interpretación del valor real del producto cultural lo convierte en manos de la masa en un objeto fútil cuya posesión no se considera privativa. Y tampoco su autoría, lo cual es el origen del problema.
Así, los profesionales de la cultura aparecen a los ojos de la masa como graciosos proveedores de entretenimiento para los que la aceptación se mide en función de los gustos o preferencias más o menos estacionales. Muy pocos son los que entendemos el valor del esfuerzo creativo y del trabajo que lleva acercar ese producto cultural al consumidor. Sin embargo, la ausencia de percepción de valor del producto que identifica a la masa devalúa a su vez el trabajo del artista, hasta el extremo de reprobar el alto precio que se pide por sus obras. Por otro lado, el individuo se siente inducido por un convencionalismo social a consumir productos culturales aunque no los considere necesarios. Y de esa forma, la convicción de que se paga demasiado por un producto que no lo merece da lugar a la banalización de su posesión y a la demonización del artista, cuyo corolario perverso es verse desposeído del derecho a reivindicar la propiedad de su obra y, por supuesto, obtener los beneficios que le corresponden en justicia.
Como bien de escaso valor, el producto cultural es accesorio para quien lo adquiere -o se ve obligado a adquirirlo- y por eso adquiere una naturaleza solidaria. El intercambio de copias entre particulares es el fruto más prolijo de esa actitud social ante el producto cultural. Pero eso que sin ser ético tampoco deja de ser un pecado venial, que se ha venido cometiendo desde que la tecnología proporcionó las herramientas precisas para ello, y que no sólo ha supuesto un perjuicio menor para la industria cultural sino que en ocasiones servía como medio promocional sencillo y barato, con el dominio de internet ha adquirido rango capital al desmesurar sus dimensiones y dar lugar a la aparición de negocios parásitos que se benefician del trabajo ajeno despreciando su legítima propiedad, con el consentimiento jubiloso de los usuarios que se ven aliviados del innecesario desembolso por un producto al que creen tener derecho a poseer.
Es necesario en este punto hacer una advertencia. Los piratas son aquellos que se lucran con el bien ajeno, siendo los usuarios inocentes voraces con afán acaparador que aprovechan las facilidades que les ofrecen los piratas para obtener los productos culturales clonados. Esa actitud avariciosa es el secreto del éxito para los astutos traficantes de cultura. Los consumidores se convierten así en inocentes coartadas de una industria paralela que atenta contra la estabilidad de la industria. Vanos son los argumentos con que intentan justificar los consumidores su actividad reprobable, pues ni el precio, ni la calidad, ni esas diatribas sentimentales acerca del tren de vida de determinados artistas o la voracidad implacable de los organismos de gestión de derechos son suficientes para rebatir el medio infalible para reprobar esas actitudes supuestamente perversas: adquirir ese producto cultural en otros lugares más económicos -un portal de descargas legales y protegidas, por ejemplo- o no comprarlo. Y en cuanto al tren de vida de los artistas y sus garantes, no veo a nadie sacar el dinero del banco por lo bien que viven los banqueros, ni a un internauta dar de baja el ADSL por lo mucho que cobran los directivos de las compañías de telecomunicaciones, ni sustituir la Coca Cola por un sucedáneo de hipermercado a pesar de ser la bebida del imperio... Afortunadamente no toda la cultura se cuece en despachos de mullidas alfombras aunque las agresiones afectan a todos sus profesionales por igual.
Decía al principio que la ley que pretende controlar este tráfico de productos culturales no es perfecta, sobre todo porque carece de poder pedagógico y contribuye a la confusión que impera sobre este asunto, no sólo entre los usuarios sino también entre los profesionales de la cultura. No se puede negar que la imagen de las agencias de gestión de derechos no corresponde con su verdadera naturaleza, ya sea por no haber sabido explicar bien su cometido y métodos como por la soberbia que ha caracterizado a muchos de sus representantes, aunque tampoco se puede negar que el trato recibido por la opinión pública ha sido también fruto del desconocimiento y de tratamientos tendenciosos por parte de los medios de comunicación. También es un apunte en el debe de la industria cultural su excesiva dependencia de las instituciones públicas, de las que han obtenido una protección que hoy se revela inoperante y que les ha dejado al pairo ante un mercado esclerotizado y múltiples amenazas de entre las que el tráfico cultural es la más importante. Ahora sólo les queda como único salvavidas recomponer el modelo cultural dirigiendo el punto de mira hacia la inversión privada, para lo que espero que la nueva ley de mecenazgo y patrocinio sea un instrumento eficaz y no otro intento cargado de buenas intenciones que se estrelle contra el muro de los intereses políticos.
Porque he de confesar que, siendo imperfecta, estaba convencido de que esta ley iba a ser aprobada en el Congreso. Por eso su rechazo ha sido una decepción enorme no tanto por las consecuencias que acarreará a la cultura española, como por la forma en que se ha desarrollado el proceso. Los políticos han vuelto a anteponer sus intereses electorales a las necesidades de un país a la deriva. Han vuelto a ejercer de corsarios de sus aspiraciones dejando a los piratas vía libre para que sigan contribuyendo a la destrucción de la cultura.
Repentinas reflexiones inducidas por la rutina, esbozos de lo que quizás pueda ser o no y emociones que me producen la música, el arte o la literatura, y que me gusta compartir.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Nochebuena
El pequeño Mario introdujo sus deditos en el enchufe...
Y aniquiló al besugo que horneaba su madre para la cena.
Y fundió las luces del portal de Belén que su padre había construido con primor y devoción.
Y arruinó el peinado que su hermana quería lucir esa noche.
E impidió que su hermano se convirtiera en héroe de los videojuegos.
Afortunadamente, Mario no vivió para recibir una reprimenda.
Y aniquiló al besugo que horneaba su madre para la cena.
Y fundió las luces del portal de Belén que su padre había construido con primor y devoción.
Y arruinó el peinado que su hermana quería lucir esa noche.
E impidió que su hermano se convirtiera en héroe de los videojuegos.
Afortunadamente, Mario no vivió para recibir una reprimenda.
sábado, 18 de diciembre de 2010
Interludio trágico
Contemplo desde la ventana a un hombre flaco que deambula por la calle. Viste con pulcritud y luce un aspecto aseado. De rostro adusto, camina vacilante como si no supiera o tuviera donde ir. De repente dirige sus pasos hacia el cenicero que hay en la puerta del centro de salud que se levanta frente a mi casa, escarba en los desperdicios que se acumulan en él e, impasible, se aleja hasta abandonar el plano de visión. Aparenta unos 60 años, una edad muy mala en los tiempos que corren, a la que se tiene trabajo, una pensión prematura, patrimonio, o un grave problema. No puedo evitar ese escalofrío que despeja la tenebrosa senda de la incertidumbre, y me retiro pensando en la monotonía de la existencia sin futuro, donde una colilla se convierte en una razón para vivir.
martes, 14 de diciembre de 2010
El fin de la cultura II. Cuando el pesebre se vacía.
Anda inquieta la farándula a causa de la tragedia que deben representar por encargo de los ayuntamientos morosos. Un montaje colectivo (o no tanto) patrocinado por la ruina de unas instituciones que hoy como antes consideran a la cultura (o a una concepción de la misma) absolutamente contingente. Lamentan las gentes del teatro la grave situación a la que se han visto abocados por el reiterado impago de sus honorarios, la presión fiscal y las cautelas de los financieros a la hora de prestar dinero. La palabra de las instituciones que en otro tiempo no muy lejano abría cualquier caja fuerte, hoy no sirve ni para desvalijar una hucha, y los profesionales de la cultura deambulan huérfanos por un páramo social en el que su trabajo es incomprendido y prescindible. Hoy son los empresarios teatrales quienes lloran sus penas, pero este es un drama en el que actúan todos los que dedican su tiempo, ilusión y esfuerzo a la creación artística. Condenar a muerte a la cultura es la decisión más necia y peligrosa que se pueden tomar las instituciones, pues en ella se encuentran los instrumentos que evitarán el naufragio de la sociedad. Si bien en esta deriva nadie es inocente.
La cultura paga ahora con creces la ingenuidad o el cinismo de un modelo fraudulento soportado por la iniciativa pública, al que se aferró durante demasiado tiempo pensando quizás que ese entendimiento sentaría las bases de una próspera industria dirigida por los propios gestores, quienes pecaron de negligencia al concebir esa relación desde una posición de fuerza por ser quienes poseían los conocimientos y las herramientas precisas para gobernar la nave a su antojo. Hoy comprobamos el enorme error cometido.
En descargo de los ilusos es necesario afirmar que era muy poderosa la tentación de verse protegidos por unas instituciones aparentemente saneadas y dirigidas por políticos aparentemente sensibles a las manifestaciones culturales, que abrían sus puertas a todo tipo de propuesta sin perjuicio de su naturaleza o dimensión social. Las instituciones se mostraban ante la industria cultural como establecimientos receptivos, plurales, democráticos y estimulantes, que elevaron las expectativas de gestores y artistas y permitieron un desarrollo inusitado de la producción cultural durante unos años en los que se ataban a las musas con longanizas. Artistas plásticos, escritores, músicos, pensadores, editores, gestores culturales, todos vivían felices en esa Arcadia de sustanciosas y discrecionales ayudas y subvenciones, fastuosas ferias y festivales, exposiciones cósmicas y creatividad desenfrenada. Todos bajo la capa protectora de lo público que aspiraba a generar cultura a mansalva. Muchos creyeron que por fin se había conjurado el paradigma de la pandereta y España valoraba el trabajo de sus artistas. Ninguno quiso perder la oportunidad aunque supiesen que a sus benefactores les movía más el pretencioso prurito de la notoriedad que el deseo explícito de fomentar la cultura o la firme convicción de su valor esencial.
Hoy sabemos que todo ha sido un espejismo provocado por un bebedizo embriagador elaborado a base de presunción, negligencia y falacias. Salvo contadas excepciones, el político es por principio o asunción un analfabeto cultural. Desde el momento que acepta la marmórea disciplina impuesta por el partido al que pertenece y las reglas no escritas de la carrera hacia el poder, renuncia a los trazos básicos que diseñan su conciencia crítica y, como resultado, adapta sus decisiones a los intereses particulares de su opción partidaria en el ejercicio de gobierno, alejándose del universalismo de su gestión. De forma que toda iniciativa que emprenda ha de ir acompañada de algún beneficio bien personal o corporativo. Esa es la premisa que determina toda política cultural, sin perjuicio de que al frente de los departamentos encargados de administrarla se encuentren personas más o menos sensibles o al menos conocedoras del mundo de la cultura. En tanto que apoyo electoral se concibe como el objetivo supremo de toda gobernanza, la política cultural de las administraciones públicas se fundamenta en un criterio de complacencia generalista tan difuso como excluyente determinado por la demanda.
Esto no sería un problema si dicha política se fundamentara en la gestión de los recursos públicos, a fin de permitir a la ciudadanía adquirir los conocimientos precisos para consumir cultura mediante programas de estímulo y formación, realizando una buena gestión de infraestructuras como bibliotecas, filmotecas, archivos, museos, auditorios, espacios para actividades colectivas, etc., y procurando a los profesionales el apoyo necesario para la realización de su labor creativa o productiva poniendo a su disposición dichos recursos, con incentivos fiscales y promoviendo el desarrollo del patrocinio privado o mecenazgo, que dote a la industria cultural del valor necesario para competir en el mercado con calidad y garantías de éxito. Insisto: la misión fundamental de la Administración pública es proporcionar consumidores a la industria cultural y facilitar el desarrollo de ésta en un sistema de libre mercado mediante la protección de dicho mercado.
En cambio, la realidad es bien distinta. La política cultural se basa en una demoledora contradicción, pues las administraciones públicas consideran a la cultura como un bien esencial al que dispensan un tratamiento accesorio. El esencialismo cultural se expresa en un modelo proteccionista basado en la subvención, en un primer estadio, y en la promoción y producción en una segunda fase, que han derivado en dependencia e intervencionismo. El resultado ha sido tan previsible como demoledor. Lejos de fortalecer el tejido cultural de base con el que se producen consumidores de cultura, los poderes públicos han preferido amparar a la industria y los creadores bajo una coraza económica que ha determinado la producción tanto en sus aspiraciones productivas como creativas.
No es un secreto que el imperio de la ayuda ha marcado las estrategias de no pocas empresas y artistas que han sabido adaptar sus productos a las normas marcadas por las administraciones olvidando en muchos casos la demanda de sus clientes instruidos, aunque la confortable seguridad que proporciona la protección pública compensaba todas las renuncias. Cuántas editoriales, discográficas, compañías de teatro o danza, productores cinematográficos y demás profesionales de la cultura han tenido que adaptar sus ofertas a las exigencias institucionales para conseguir una subvención; cuántos escritores, músicos, actores y artistas de cualquier disciplina que han visto frustradas sus ilusiones por no ofrecer un producto adaptable a esas normas; pero también cuántos profesionales han desarrollado un ingenio extraordinario para alumbrar sus proyectos sin la ayuda de los políticos; y cuántos, sin embargo, han desarrollado el mismo ingenio para someter su genio al mejor postor demostrando una astucia sin parangón, convirtiéndose en vasallos de los partidos políticos. Diversas escenas sobre el mismo escenario.
Tampoco es un secreto que dominadas las voluntades de quienes poseen el fabuloso don del conocimiento, los políticos no se viesen tentados a aprovecharse de ello. Decía antes que quienes se sientan en ministerios, consejerías y concejalías de Cultura suelen ser personas que tienen cierta relación con el universo que han de administrar, y no son pocos los que ven en ello una oportunidad para dar rienda suelta a sus veleidades creativas haciendo valer el mando que les confiere el cargo, y recibir el apoyo de esos artistas que viven del dinero del que son dueños y que graciosamente reparten. También los hay que ven en la industria cultural una vía idónea para pagar favores u obtener adhesiones de empresarios o profesionales ajenos a la misma, y quienes consideran este sector lo suficientemente inocuo como para ocultar trapisondas contables. Ese cúmulo de tentaciones invita al político a un intervencionismo aniquilador que se sustancia en la arbitrariedad y la negligencia, hasta el extremo de que las administraciones públicas se han convertido en agentes activos del mercado cultural erigiéndose el competencia directa de las empresas privadas, que ven con estupor y resignación cómo no les queda otro camino que someterse a los dictados mercantiles de la cosa pública en forma de proveedores de servicios en dura pugna con los elegidos. Esto reduce el margen de maniobra de las empresas culturales al no encontrar fuentes de financiación privadas dispuestas a hacer frente a la poderosa maquinaria institucional.
La simbiosis de estas evidencias tiene como corolario la ampliación del campo de batalla en tiempos de bonanza. Si la premisa que naturaliza la iniciativa pública es la atención a la masa, más allá de la cualidad de lo que ésta demanda, es tentador imbuirse de democracia y prestigio intelectual dando oportunidad a productos más elitistas cuando sobra el dinero. Es entonces cuando se produce el desbarajuste del mercado al irrumpir en él agentes hasta ese momento ajenos como son los ayuntamientos de todo color y dimensión. Actúa en este caso un curioso fenómeno de imitación: si el alcalde de la gran ciudad contrata a tal artista o promueve cual festival, y el alcalde del municipio del al lado ha hecho lo mismo, ¿por qué no lo puedo hacer yo? Comienza entonces uno de los capítulos más delirantes de este nefasto relato, con artistas mediáticos recorriendo lugares inauditos y actuando a precios inusitados. Pero también compañías teatrales, músicos, escritores o artistas menos populares o más audaces que reciben con entusiasmo encargos de donde antes no sabían ni de su existencia, propuestas culturales más selectivas que encuentran acomodo en poblaciones donde no han oído hablar del asunto que tratan. De repente parecía que todos los responsables de la gestión cultural pública se habían puesto de acuerdo para hacer felices a los artistas.
Hasta que llegó eso que llaman crisis. Y con ella la cultura perdió esencia y sufrió trato. Con las arcas vacías y una deuda colosal, la esplendidez de las instituciones se troca en cautela y de cumplidoras pasan a morosas. En el camino quedan un ingente número de profesionales que se ven acuciados por la falta de liquidez, la presión fiscal y los recelos financieros, y frente a un horizonte que no presagia nada bueno. Sólo algunos políticos se resisten a renunciar a sus principios u oportunidades en un infructuoso esfuerzo por mantener un ritmo imposible, sumidos en la congoja o en una delirante falacia aunque impotentes ante la inapelable evidencia. El pueblo puede vivir sin cultura, afirman los pragmáticos de la cosa pública; no es políticamente tan rentable como construir aeropuertos, carreteras o, sencillamente, impedir que quiebren sus administraciones. La cultura es accesoria, prescindible, propia de épocas nutricias. El pesebre de la cultura se ha vaciado y ya sólo queda espacio para adeptos, cortesanos y entretenimiento para las masas; opciones rentables para los políticos aunque carezcan de calidad objetiva.
Es el fin de la Cultura, pero que nadie se alarme porque no es el fin de la cultura. Los escritores seguirán escribiendo, los músicos componiendo y los actores interpretando, los artistas obrando y el público disfrutando de sus creaciones; hay demasiado talento en este país como para que lo eclipse el oportunismo y la necedad. También es cierto que el camino será duro y la inercia de un tiempo que se condujo a velocidad vertiginosa aún traerá sinsabores e injusticias. Porque a nadie le puede sorprender que hoy siga habiendo conciertos, festivales, ferias y todo tipo de propuestas, pues salvo raras excepciones en las que predomine una concepción plural y cualitativa de la actividad cultural, el dominio será para aquellos que saben atender las demandas de la masa, la 'cultura' visible. Mientras, la 'Cultura' creativa deberá retirarse a sus guaridas en busca de consuelo, esperar mejores tiempos o buscar nuevos espacios.
Pero es el momento de la reflexión y, quizás, del cambio a un modelo en el que se defina mejor el significado y el fin de la Cultura, en el que los poderes públicos sean receptores del producto cultural y no sus productores o inductores, impidiendo el intervencionismo y la dependencia. Es necesario dirigir el producto cultural a su público objetivo, dotándolo de la calidad suficiente para atraer la inversión privada aunque para ello deba reducir su dimensión. Es preciso aprender de los errores cometidos y, tras el violento despertar de un sueño que a muchos se les antojó eterno, comprender que la 'Cultura' entendida como producto del conocimiento y la instrucción nunca puede ser un fenómeno de masas, las cuales preferirán la 'cultura' como simple artículo de entretenimiento y olvido.
La cultura paga ahora con creces la ingenuidad o el cinismo de un modelo fraudulento soportado por la iniciativa pública, al que se aferró durante demasiado tiempo pensando quizás que ese entendimiento sentaría las bases de una próspera industria dirigida por los propios gestores, quienes pecaron de negligencia al concebir esa relación desde una posición de fuerza por ser quienes poseían los conocimientos y las herramientas precisas para gobernar la nave a su antojo. Hoy comprobamos el enorme error cometido.
En descargo de los ilusos es necesario afirmar que era muy poderosa la tentación de verse protegidos por unas instituciones aparentemente saneadas y dirigidas por políticos aparentemente sensibles a las manifestaciones culturales, que abrían sus puertas a todo tipo de propuesta sin perjuicio de su naturaleza o dimensión social. Las instituciones se mostraban ante la industria cultural como establecimientos receptivos, plurales, democráticos y estimulantes, que elevaron las expectativas de gestores y artistas y permitieron un desarrollo inusitado de la producción cultural durante unos años en los que se ataban a las musas con longanizas. Artistas plásticos, escritores, músicos, pensadores, editores, gestores culturales, todos vivían felices en esa Arcadia de sustanciosas y discrecionales ayudas y subvenciones, fastuosas ferias y festivales, exposiciones cósmicas y creatividad desenfrenada. Todos bajo la capa protectora de lo público que aspiraba a generar cultura a mansalva. Muchos creyeron que por fin se había conjurado el paradigma de la pandereta y España valoraba el trabajo de sus artistas. Ninguno quiso perder la oportunidad aunque supiesen que a sus benefactores les movía más el pretencioso prurito de la notoriedad que el deseo explícito de fomentar la cultura o la firme convicción de su valor esencial.
Hoy sabemos que todo ha sido un espejismo provocado por un bebedizo embriagador elaborado a base de presunción, negligencia y falacias. Salvo contadas excepciones, el político es por principio o asunción un analfabeto cultural. Desde el momento que acepta la marmórea disciplina impuesta por el partido al que pertenece y las reglas no escritas de la carrera hacia el poder, renuncia a los trazos básicos que diseñan su conciencia crítica y, como resultado, adapta sus decisiones a los intereses particulares de su opción partidaria en el ejercicio de gobierno, alejándose del universalismo de su gestión. De forma que toda iniciativa que emprenda ha de ir acompañada de algún beneficio bien personal o corporativo. Esa es la premisa que determina toda política cultural, sin perjuicio de que al frente de los departamentos encargados de administrarla se encuentren personas más o menos sensibles o al menos conocedoras del mundo de la cultura. En tanto que apoyo electoral se concibe como el objetivo supremo de toda gobernanza, la política cultural de las administraciones públicas se fundamenta en un criterio de complacencia generalista tan difuso como excluyente determinado por la demanda.
Esto no sería un problema si dicha política se fundamentara en la gestión de los recursos públicos, a fin de permitir a la ciudadanía adquirir los conocimientos precisos para consumir cultura mediante programas de estímulo y formación, realizando una buena gestión de infraestructuras como bibliotecas, filmotecas, archivos, museos, auditorios, espacios para actividades colectivas, etc., y procurando a los profesionales el apoyo necesario para la realización de su labor creativa o productiva poniendo a su disposición dichos recursos, con incentivos fiscales y promoviendo el desarrollo del patrocinio privado o mecenazgo, que dote a la industria cultural del valor necesario para competir en el mercado con calidad y garantías de éxito. Insisto: la misión fundamental de la Administración pública es proporcionar consumidores a la industria cultural y facilitar el desarrollo de ésta en un sistema de libre mercado mediante la protección de dicho mercado.
En cambio, la realidad es bien distinta. La política cultural se basa en una demoledora contradicción, pues las administraciones públicas consideran a la cultura como un bien esencial al que dispensan un tratamiento accesorio. El esencialismo cultural se expresa en un modelo proteccionista basado en la subvención, en un primer estadio, y en la promoción y producción en una segunda fase, que han derivado en dependencia e intervencionismo. El resultado ha sido tan previsible como demoledor. Lejos de fortalecer el tejido cultural de base con el que se producen consumidores de cultura, los poderes públicos han preferido amparar a la industria y los creadores bajo una coraza económica que ha determinado la producción tanto en sus aspiraciones productivas como creativas.
No es un secreto que el imperio de la ayuda ha marcado las estrategias de no pocas empresas y artistas que han sabido adaptar sus productos a las normas marcadas por las administraciones olvidando en muchos casos la demanda de sus clientes instruidos, aunque la confortable seguridad que proporciona la protección pública compensaba todas las renuncias. Cuántas editoriales, discográficas, compañías de teatro o danza, productores cinematográficos y demás profesionales de la cultura han tenido que adaptar sus ofertas a las exigencias institucionales para conseguir una subvención; cuántos escritores, músicos, actores y artistas de cualquier disciplina que han visto frustradas sus ilusiones por no ofrecer un producto adaptable a esas normas; pero también cuántos profesionales han desarrollado un ingenio extraordinario para alumbrar sus proyectos sin la ayuda de los políticos; y cuántos, sin embargo, han desarrollado el mismo ingenio para someter su genio al mejor postor demostrando una astucia sin parangón, convirtiéndose en vasallos de los partidos políticos. Diversas escenas sobre el mismo escenario.
Tampoco es un secreto que dominadas las voluntades de quienes poseen el fabuloso don del conocimiento, los políticos no se viesen tentados a aprovecharse de ello. Decía antes que quienes se sientan en ministerios, consejerías y concejalías de Cultura suelen ser personas que tienen cierta relación con el universo que han de administrar, y no son pocos los que ven en ello una oportunidad para dar rienda suelta a sus veleidades creativas haciendo valer el mando que les confiere el cargo, y recibir el apoyo de esos artistas que viven del dinero del que son dueños y que graciosamente reparten. También los hay que ven en la industria cultural una vía idónea para pagar favores u obtener adhesiones de empresarios o profesionales ajenos a la misma, y quienes consideran este sector lo suficientemente inocuo como para ocultar trapisondas contables. Ese cúmulo de tentaciones invita al político a un intervencionismo aniquilador que se sustancia en la arbitrariedad y la negligencia, hasta el extremo de que las administraciones públicas se han convertido en agentes activos del mercado cultural erigiéndose el competencia directa de las empresas privadas, que ven con estupor y resignación cómo no les queda otro camino que someterse a los dictados mercantiles de la cosa pública en forma de proveedores de servicios en dura pugna con los elegidos. Esto reduce el margen de maniobra de las empresas culturales al no encontrar fuentes de financiación privadas dispuestas a hacer frente a la poderosa maquinaria institucional.
La simbiosis de estas evidencias tiene como corolario la ampliación del campo de batalla en tiempos de bonanza. Si la premisa que naturaliza la iniciativa pública es la atención a la masa, más allá de la cualidad de lo que ésta demanda, es tentador imbuirse de democracia y prestigio intelectual dando oportunidad a productos más elitistas cuando sobra el dinero. Es entonces cuando se produce el desbarajuste del mercado al irrumpir en él agentes hasta ese momento ajenos como son los ayuntamientos de todo color y dimensión. Actúa en este caso un curioso fenómeno de imitación: si el alcalde de la gran ciudad contrata a tal artista o promueve cual festival, y el alcalde del municipio del al lado ha hecho lo mismo, ¿por qué no lo puedo hacer yo? Comienza entonces uno de los capítulos más delirantes de este nefasto relato, con artistas mediáticos recorriendo lugares inauditos y actuando a precios inusitados. Pero también compañías teatrales, músicos, escritores o artistas menos populares o más audaces que reciben con entusiasmo encargos de donde antes no sabían ni de su existencia, propuestas culturales más selectivas que encuentran acomodo en poblaciones donde no han oído hablar del asunto que tratan. De repente parecía que todos los responsables de la gestión cultural pública se habían puesto de acuerdo para hacer felices a los artistas.
Hasta que llegó eso que llaman crisis. Y con ella la cultura perdió esencia y sufrió trato. Con las arcas vacías y una deuda colosal, la esplendidez de las instituciones se troca en cautela y de cumplidoras pasan a morosas. En el camino quedan un ingente número de profesionales que se ven acuciados por la falta de liquidez, la presión fiscal y los recelos financieros, y frente a un horizonte que no presagia nada bueno. Sólo algunos políticos se resisten a renunciar a sus principios u oportunidades en un infructuoso esfuerzo por mantener un ritmo imposible, sumidos en la congoja o en una delirante falacia aunque impotentes ante la inapelable evidencia. El pueblo puede vivir sin cultura, afirman los pragmáticos de la cosa pública; no es políticamente tan rentable como construir aeropuertos, carreteras o, sencillamente, impedir que quiebren sus administraciones. La cultura es accesoria, prescindible, propia de épocas nutricias. El pesebre de la cultura se ha vaciado y ya sólo queda espacio para adeptos, cortesanos y entretenimiento para las masas; opciones rentables para los políticos aunque carezcan de calidad objetiva.
Es el fin de la Cultura, pero que nadie se alarme porque no es el fin de la cultura. Los escritores seguirán escribiendo, los músicos componiendo y los actores interpretando, los artistas obrando y el público disfrutando de sus creaciones; hay demasiado talento en este país como para que lo eclipse el oportunismo y la necedad. También es cierto que el camino será duro y la inercia de un tiempo que se condujo a velocidad vertiginosa aún traerá sinsabores e injusticias. Porque a nadie le puede sorprender que hoy siga habiendo conciertos, festivales, ferias y todo tipo de propuestas, pues salvo raras excepciones en las que predomine una concepción plural y cualitativa de la actividad cultural, el dominio será para aquellos que saben atender las demandas de la masa, la 'cultura' visible. Mientras, la 'Cultura' creativa deberá retirarse a sus guaridas en busca de consuelo, esperar mejores tiempos o buscar nuevos espacios.
Pero es el momento de la reflexión y, quizás, del cambio a un modelo en el que se defina mejor el significado y el fin de la Cultura, en el que los poderes públicos sean receptores del producto cultural y no sus productores o inductores, impidiendo el intervencionismo y la dependencia. Es necesario dirigir el producto cultural a su público objetivo, dotándolo de la calidad suficiente para atraer la inversión privada aunque para ello deba reducir su dimensión. Es preciso aprender de los errores cometidos y, tras el violento despertar de un sueño que a muchos se les antojó eterno, comprender que la 'Cultura' entendida como producto del conocimiento y la instrucción nunca puede ser un fenómeno de masas, las cuales preferirán la 'cultura' como simple artículo de entretenimiento y olvido.
jueves, 9 de diciembre de 2010
Tonterías
"Tonto es el que hace tonterías", le decía el flemático Forrest Gump a su estupefacta interlocutora sentados en la parada del autobús. En efecto, las tonterías identifican al tonto aunque los haya de dos tipos: objetivos e inducidos. Los primeros tienen una naturaleza enigmática, determinada quizás por mandato genético, y los segundos son cautivos de las emociones, los sentimientos o las circunstancias. Los primeros son detectables, inventariables y controlables, de ahí que resulten inofensivos en la mayoría de las ocasiones; los segundos, en cambio, son imprevisibles, impetuosos y, por lo tanto, más peligrosos. Como entes emocionales fundamentados en la genética, cualquiera puede ser o hacer el tonto, aunque lejos de significar esto un inconveniente la comisión de tonterías es una práctica saludable para la sociedad, en tanto que dichas actitudes marcan las pautas de la sensatez. Lo peliagudo es el perjuicio causado por esas tonterías.
El que sigue es el relato de una enorme tontería o de un cúmulo insólito de ellas que, desgraciadamente, constituye el corolario de una certeza: el deterioro de la estructura social española provocado por la imperfecta concepción del modelo democrático. La crisis de los controladores aéreos ha evidenciado la vulnerabilidad de un Estado sometido al rigor de la rivalidad propio del individualismo, en perjuicio de un interés general que ha de imperar sobre cualquier ambición particular. La soberbia, el miedo, la codicia, la vanidad y la ira se han conjugado para articular las reacciones de unos y otros ante una situación no tan inopinada en su origen como en su ejecución y sus efectos. Pues si bien nadie era ajeno a la compleja controversia de una negociación laboral podría dar lugar a la aplicación de una medida extraordinaria tan inusitada como la declaración del estado de alarma en un país. Algo falla en una sociedad cuando degenera el entendimiento hasta esos extremos. Cuando se eclipsa la razón brillan las emociones, y alumbran tonterías.
Primera tontería. Los malvados controladores. Un grupo de controladores aéreos decide no acudir sin previo aviso a su puesto de trabajo en un momento tan sagrado para los españoles como es un puente festivo (y qué puente). El resultado es que miles de personas se quedan en tierra sin saber qué hacer, a otros cientos les pilla en pleno vuelo, y sectores económicos tan sensibles como el turismo o el transporte contemplan alarmados como se les descomponen las cajas registradoras. Total, un drama. Saben los empleados públicos rebeldes es que el Gobierno al que desafían y con el que llevan meses pugnando para conservar sus condiciones laborales es un animal herido al que pueden doblegar, pero que también puede defenderse con uñas y dientes, como así sucede finalmente. Resultado: vuelven al trabajo unas horas después convertidos por decreto en servidores de la patria a toque de corneta. Estos trabajadores tendrán poderosas razones para rendirse a la imprudencia, pero la perspicacia impone que todo órdago debe lanzarse con garantías de éxito aunque éste sea mínimo, y si no es así mejor abstenerse. Hay medios en un estado constitucional que permiten a los trabajadores reclamar o defender sus derechos, y la inteligencia proporciona las dosis precisas de mesura y astucia para lograr los propósitos perseguidos, si no en su totalidad al menos en una parte aceptable. Traspasar esos límites conduce al territorio de la tontería. Pues la soberbia se cobra soberbia.
Segunda tontería. Un Gobierno acorralado. La rebelión de los controladores le llega al Gobierno en un momento muy delicado (aunque me resulta difícil recordar alguno que no lo haya sido desde que el PSOE relevó a la derecha en el poder). Acorralado en todos sus flancos por una opinión pública descontenta, una oposición política implacable, y unos medios de comunicación parciales y despiadados, un Ejecutivo necesitado de credibilidad y confianza corre el peligro de resignar la eficacia a la estética mediante acciones efectistas que resaltan una naturaleza (el interés particular representado por un fortalecimiento de la imagen y la necesidad de transmitir un mensaje de firmeza al oponente, en este caso los controladores) que debería quedar velada por el necesario pragmatismo del fin que persigue, no otro que el interés general ante una acción ilegal y moralmente intolerable.
Es cierto que la grave situación exigía acciones resolutivas y firmes. Cerrar el espacio aéreo y exigir a los revoltosos que depusiesen su actitud advirtiéndoles de las consecuencias que ella les podría acarrear son decisiones acertadas por congruentes. Las dudas me asaltan a propósito de la declaración del estado de alarma. Porque aunque fuese en ese momento el único recurso para imponer la normalidad, no deja de ser producto de la ira, y me inquieta comprobar que un motivo tan trivial como una negociación laboral lleve a un Gobierno a cometer la tontería de sentar semejante precedente.
Aunque no puedo evitar preguntarme si un Gobierno menos asediado habría afrontado la crisis con la serenidad suficiente para resolverla sin necesidad de recurrir a medidas excepcionales. Pues me asalta la duda de si esa decisión obedeció a la certeza de que con ellas se resolvería el problema de inmediato o si, en cambio, fue el golpe definitivo en un combate que nunca debió iniciarse pero que ya no podía parar, a sabiendas de que quedarían como efecto de inventario ante la más que evidente imposibilidad de reparar el perjuicio ya ocasionado por una decisión imprevista, dado que la normalidad no imperó en los aeropuertos hasta 72 horas después de iniciada la crisis, y cientos de viajeros vieron frustrados definitivamente sus planes. La ira se cobra ira
Tercera tontería. La voraz oposición. Si el Gobierno pretendía reforzar su imagen con la actuación firme y decidida de sus miembros en esta crisis, ha debido llevarse una enorme decepción, puesto que difícilmente podrá rentabilizar su acción contundente con todo la maquinaria política y mediática en su contra.
Cuando oí al líder de la derecha española opinar sobre la crisis aérea, pensé que le había traicionado la inercia de la ola retórica basada en el reproche sobre la que navega desde que vio frustradas sus aspiraciones al poder. Porque consideré impropio de alguien que aspira a gobernar este país que fuese incapaz de doblegar sus palabras al necesario espíritu de Estado que se requiere en situaciones como la que se vivía en esos momentos y, en vez de ponerse a disposición del Gobierno para colaborar, aprovechara para advertirle de cuáles eran sus obligaciones y exigirle que resolviera el problema. La posterior comparecencia del individuo portavoz de la derecha abundando en las advertencias de su jefe confirmó que ni en situaciones extraordinarias darían tregua a sus rivales. Y el intercambio de acusaciones, reproches y amenazas que se produjo entre dirigentes del PSOE y el Gobierno por un lado, y los líderes de la derecha por el otro, demostró que las medidas extraordinarias en el país no afectaban al territorio político. Que el resto de partidos políticos, sindicatos y organizaciones empresariales sólo opinara a demanda, expectantes ante la evolución de los sucesos pero incapaces de emitir una declaración concreta apoyando a un Gobierno en un estado de alarma, completó una escena desconcertante, muy triste e irresponsable de las organizaciones sociales y políticas españolas.
¿Fue el silencio expectante de todos ellos una coartada para los trabajadores rebeldes, al pensar que en él encontraban si no apoyo al menos comprensión o alternativa? Es posible. Aunque de lo que no me cabe ninguna duda es que esa soledad vigilada del Gobierno influyó de forma decisiva en su gestión de la crisis, matizando además una representación cargada de solemnidad y afectación que al fin y al cabo, no le han reportado el beneficio pretendido, pues en la reacción política tras la crisis lejos de brillar el alago arrecia el reproche.
Cuarta tontería. Los focos. Quien se entretuviera el fin de semana pasado en seguir por los medios de comunicación la crisis de los controladores, seguramente tendrá datos suficientes para trazar un certero perfil sociológico de los españoles, dado el enorme aluvión de 'historias humanas' ofrecidas ad nauseam. Salvo algún analista que se esforzó en explicar a la audiencia algunos matices de las decisiones que iban tomando en el Gobierno, y la intervención de algunos expertos desvelando el alcance de los acontecimientos, y todo ello en canales y periódicos que tengo por rigurosos en su tratamiento informativo, la inmensa mayoría de medios de comunicación sucumbieron a la tentación de llenar sus horarios con las opiniones de los afectados. Cómo se iba a desperdiciar semejante aglomeración de españoles cabreados, cuando la ira se ha convertido en la linea editorial de prácticamente todas las redacciones.
Si esa era la tendencia, cada cual colocó el foco allí donde encontrase alimento para su parcialidad y así, si en medios progresistas (pocos) se le daba voz a los moderados en los de la acera de enfrente (muchos) el tono enrojecía de cólera y reproche hacia los sufridos gobernantes. Incluso en programas de vertedero se hicieron eco de la crisis, buscando los casos más desquiciados y delirantes o a algunos faranduleros colgados en algún aeropuerto. Todo a mayor gloria de una audiencia ávida de morbo.
Entretanto, bustos parlantes, articulistas y voceros radiofónicos atizaban el fuego que ardía en torno a los controladores, presentándolos como auténticos terroristas aunque les otorgaran el cínico beneficio de la expresión.
Eché de menos que alguien describiera a la audiencia qué es un controlador, cual es su trabajo, sus problemas, sus inquietudes. Sólo sabemos a ciencia cierta que trabajan poco y cobran muchísimo dinero. Un desastre.
Quinta tontería. Los anónimos ciudadanos. Algunos no tan anónimos gracias al seguimiento exhaustivo al que los sometieron algunos periodistas. Muchos fueron los que vivieron la gran pesadilla, pero no fueron menos los que desde sus casas les contemplaban con una sensación que iba del alivio a la compasión, sin menosprecio de esa malévola satisfacción que algunos sienten ante el mal ajeno. Hubiese sido interesante conocer cuántos "¡Menos mal que decidimos quedarnos en casa!" se pronunciaron ese fin de semana en España.
No logro entender el motivo que mueve a la gente a airear sus sentimientos en público. Sé que la tentación de las cámaras es difícil de soslayar, pero hay muchas más razones para huir de ellas y preservar la intimidad. No siempre la efímera fama es el mejor vehículo con el que saciar la vanidad, pues siempre queda el olvido.
Conclusión. Pasada la tempestad vuelven las aguas a su cauce. Los revoltosos trabajan mientras esperan las anunciadas represalias. Los políticos vuelven a competir en su particular carrera hacia el poder. Los medios de comunicación sólo se hacen eco de la crisis de forma circunstancial. Los ciudadanos piensan en la Navidad. Haya paz.
martes, 30 de noviembre de 2010
Si no llueve.
Si mañana no llueve iré a cortarme el pelo.
Si mañana no llueve compraré mortadela en el Corte Inglés.
Si mañana no llueve compondré una oda a los desconocidos.
Si mañana no llueve haré como el que oye llover.
Si mañana no llueve compraré mortadela en el Corte Inglés.
Si mañana no llueve compondré una oda a los desconocidos.
Si mañana no llueve haré como el que oye llover.
De cómo el libro electrónico contribuirá al fin de la cultura
Daba ayer mis razones para no comprar nunca un lector de libros electrónicos. Y todas ellas se resumen en una: no me hace falta. A diferencia de otros artilugios tecnológicos que, como el teléfono móvil, han revolucionado los hábitos sociales, por ser avances útiles que amplían las posibilidades del individuo para desarrollar sus facultades y mejorar su calidad de vida, el libro electrónico no deja de ser hoy por hoy una opción alternativa a un bien, el libro convencional, que por sí mismo cumple sus funciones plenamente. No obstante, insisto en que estoy plenamente convencido de que el libro electrónico terminará ocupando un espacio destacado en el mercado, pero también lo estoy de que no logrará acabar con su versión en papel. Primero porque el mercado es exiguo y no lo exige, y segundo porque el libro electrónico se ha convertido en complemento de la tecnología.
A diferencia del teléfono móvil, que significó una extensión de su versión fija permitiendo una mayor libertad de movimiento al usuario y ampliando sus posibilidades de comunicación, pero que exigía una atención tecnológica exclusiva, el libro electrónico es cautivo de una tecnología que evoluciona por su cuenta y que lo incorpora como opción. Los lectores convencionales han quedado desfasados ante el empuje de esos ordenadores personales que llaman tabletas, mucho más versátiles y completos. Así, un aficionado a la lectura que decida optar por el libro electrónico se inclinará por invertir en aparatos de este tipo antes que en lectores exclusivos. En este caso, el continente aventaja al contenido y el libro electrónico pierde su esencia como bien necesario.
Antes de que los móviles adquirieran la utilidad que ofrecen hoy servían exclusivamente para comunicarse, y ha hecho falta que pasen treinta años para que se hayan impuesto como bien necesario para la sociedad. A pesar de lo cual no ha desaparecido la telefonía fija; es más, vive en la actualidad uno de sus mejores momentos gracias a las nuevas ofertas que lanzan las compañías de telecomunicaciones. El mercado ha procurado que ambas opciones convivan y sean útiles al consumidor. En este caso, los avances tecnológicos han sido simultáneos a las exigencias de los usuarios, preservando una esencia común: la comunicación.
Con el libro electrónico sucede lo contrario. La tecnología ha devorado la esencia del libro electrónico que aspiraba a ser la coartada para la promoción de los aparatos que permiten su lectura, con el prurito de seducir al público lector con una alternativa más estética que útil. Hoy no tiene sentido adquirir un lector primitivo cuando por un poco más se puede conseguir una tableta que lo incorpora como una contenido más de los muchos que ofrece. Perdida la batalla técnica, sólo le queda a los productores de lectores convencionales inundar el mercado de estos artefactos a precios de risa e u ofrecerlos a las empresas para que los empleen como regalos promocionales, que a buen seguro quedarán olvidados en algún cajón. No creo que poseer un aparato de éstos induzca a la lectura a un ciudadano que no lee. Así, el lector de libros electrónicos ingresará en el selecto club de los juguetes rotos sin haber alcanzado siquiera a la pubertad.
El mercado del libro electrónico nace tarado y, lo que es peor, desprotegido. Al perder el soporte esencial que le confiere exclusividad para convertirse en complemento de una oferta más amplia y, sobre todo, ajena a sus pretensiones, el libro electrónico tendrá que adaptarse a las exigencias de un mercado bastante peculiar y asumir las amenazas que habitan en el universo virtual. En primer lugar, el negocio editorial no dispone de un mercado lo suficientemente atractivo como para que las compañías tecnológicas le presten una atención especial, ni para que realicen las inversiones necesarias para la puesta en valor de sus productos. El poder económico sólo entiende de cifras, y con una población lectora de apenas el 50% y unas ventas menguantes, no creo que se deshaga en mimos. Si acaso, será la industria editorial la que deba convencer a la tecnológica de las posibilidades del producto, y no al revés, con lo que no quedará más salida que dar una vuelta de tuerca más a la banalización del producto editorial y por extensión de la cultura.
El desequilibrio existente en la industria editorial entre productores y consumidores tampoco es un dato muy alentador, pues si se trata de ampliar el mercado con nuevas alternativas el exceso de oferta alimenta la selección, y en este caso, los gustos del consumidor no cuentan tanto como el apoyo tácito de quienes han de dar visibilidad a los productos. ¿Cuántas editoriales que dedican su esfuerzos a la buena literatura morirán en el intento ante la falta de difusión? ¿Cuántas editoriales que hoy proporcionan obras interesantes deberán renunciar a sus señas de identidad para competir en un mercado adocenado, en el que ya no controlan el proceso de su producto? ¿Cuántas editoriales que hoy sobreviven con independencia deberán someterse a los rigores de plataformas conjuntas para hacer frente a la competencia, con mínimas garantías de rentabilidad? ¿Cuántas editoriales resistirán el embate y permanecerán fieles a sus principios?
Hoy son los distribuidores y los libreros quienes marcan la prosperidad de los editores. Ni siquiera los lectores determinan el éxito de un producto si éste no recibe las atenciones precisas por parte de esos agentes del mercado editorial. ¿Cómo se enfrentarán esas mismas editoriales a un reto en el que impera la cuenta de resultados de los entes difusos que dominan la red global? Con ingenio y habilidad, dirán algunos; adquiriendo una posición de fuerza mediante la unión de esfuerzos, dirán otros. ¿A cambio de qué?, me pregunto. ¿El libro electrónico amplia realmente las posibilidades de negocio de las pequeñas editoriales o sencillamente tendrán que resignarse a conservar su inferioridad frente a la gran industria, asumiendo por el contrario los riesgos que supone someterse a los rigores de un mercado incontrolable y desprotegido ante el pirateo? ¿Compensa jugar esta baza o contemplarla como un complemento al negocio tradicional?
Es inapelable que si el mercado se lo propone, el libro electrónico se impondrá y quien no se someta a esa tiranía estará fuera del negocio. Bastaría con que los editores acepten las condiciones, se suban al carro con todas las consecuencias y los libros vayan desapareciendo de las librerías paulatinamente, como sucedió en su día con las películas en VHS, y se impongan los formatos digitales. El negocio editorial reúne todas las condiciones para que esta distopía se haga realidad, pues la profunda crisis que atraviesa es una coartada perfecta para que las grandes cadenas de librerías se adapten a las exigencias del mercado, arrastrando a las editoriales y distribuidoras a resignarse a esta suerte y estimulando a las empresas tecnológicas a inventar nuevos formatos para los libros que permitan su venta al público en establecimientos convencionales. Una conjunción de estas características haría posible la revolución. Y lo único que la detiene aún es su rentabilidad. ¿Merece la pena invertir tanto dinero en transformar la industria del libro para una demanda tan magra? ¿Es el libro un bien necesario o accesorio? ¿Es mejor la acción concreta, centrando el negocio en internet, a pesar de que con ello se procure la ruina de un buen número de agentes activos en el mercado, como imprentas, distribuidores, libreros...? ¿Es posible concebir un mundo sin libros? La voracidad del mercado invita a pensar en lo peor.
Sin embargo, toda distopía tiene un reverso que si no la anula, al menos la contrarresta. Y como algunos venenos, la revolución tecnológica del libro contiene su propio antídoto. Y en este caso, el remedio se llama escritor. La industria editorial no sería nada sin los escritores. Es cierto que los hay a manta, que muchos de ellos carecen de los suficientes escrúpulos como para renunciar a la posibilidad de lograr una butaca en el teatro de las vanidades literarias, pero también es cierto que ninguno escribe por el amor al arte y todos esperan algún rédito por su trabajo, y que también saben que la intangibilidad de su obra trae consigo el descontrol de su posesión y, por lo tanto, una merma importante en su valor. Todos los escritores saben que el actual proceso de edición y venta de sus obras está sujeto a unas normas de protección que las ha mantenido a salvo de agresiones indeseables y, más o menos, siempre conservan una propiedad, un control que les confiere el valor preciso del bien tangible. Todos saben que dejar volar libres sus obras aunque las crean amaestradas supone colocarlas a tiro de los cazadores furtivos, y que una vez cobrada la presa se puede dar por perdida. Y, que yo sepa, a ninguno le hace gracia que le roben su trabajo.
Un ejemplar se puede prestar o regalar y, a puede ser leído por no más de cuatro o cinco personas que lo valorarán y recomendarán o no. El pirata es voraz, depredador, codicioso, acaparador. No se mueve por un interés concreto en su selección de víctimas, sino que arrasa con todo lo disponible por un sencillo deseo de posesión. Y es ingenioso, hábil, astuto y desalmado a la hora de buscar o fabricar métodos que le permitan obtener su botín. No es cierto que al pirata le inspiren razones románticas de rebeldía o disidencia frente a un mercado que impone unos precios abusivos, ni que recurra a esas vías por necesidad ante el escaso peculio. Es posible que algún pirata se ajuste a ese perfil, pero son los menos y, desde luego, el problema no radica en las personas sino en el sistema. El intercambio indiscriminado de archivos convierte a todos los que recurren a él en miembros selectos de esta banda de delincuentes sin que muchos de ellos ni siquiera lo sepan. Es ese fluir incontrolado de material ajeno lo que destruye el valor de la obra artística. Un libro colocado en la red es presa fácil para el pirata. La conclusión es bien sencilla: para qué comprar un libro digital si se puede conseguir gratis. Insisto, un libro se puede prestar o regalar, pero nunca a mil personas.
El mercado ha impuesto ya unas normas de conducta a los productores que, como tengo dicho, contribuyen a una banalización de la cultural que conduce a la sociedad al primitivismo. La desprotección de la propiedad intelectual sometiéndola al predador sólo contribuirá a desmontar los últimos reductos de creatividad, al restar incentivos al autor y devaluar su obra. Es posible acoger y aprovechar las bondades de las nuevas tecnologías siempre que se reserve una porción del patrimonio a salvo de sus riesgos. El libro convencional seguirá siendo un valor seguro para preservar la creatividad, sin menosprecio de las oportunidades que ofrece la tecnología. Para una editorial o un escritor, el libro electrónico puede ser una herramienta útil para dar salida a fondos de catálogo u obras que ya no tienen salida comercial por las vías tradicionales, con claras expectativas de rentabilidad. Si estos profesionales son capaces de aprovechar esas oportunidades, la revolución no dejará demasiadas víctimas por el camino.
Escritores y editores saben que esto es así y aún están a tiempo de reflexionar si les conviene meterse en este bancal embarrado a cambio de una promesa de prosperidad aún demasiado verde. Que miren a sus colegas músicos y comprueben su impotencia. Saben también que de nada sirve apelar ni a la tecnología ni a la ley, pues son tan versátiles que ninguna de las dos son capaces de ganar esta batalla: los avances tecnológicos al servicio del delito son más rápidos que sus adversarios. Saben que de nada servirá apelar a una ciudadanía abducida por los cantos de sirena de disidentes del ciberespacio que apelan constantemente a la solidaridad con altas dosis de demagogia y victimismo. Y saben que nada pueden esperar de las autoridades demasiado pendientes de mantener impoluta su imagen ante la sociedad para no ver mermadas sus opciones de conservar el poder, ni de los aspirantes a autoridades que hoy prometen una cosa y luego de lograr sus fines olvidan su promesa por las mismas razones que justifican la actitud de los que hoy mandan. El pirata es uno de los males más dañinos e incontrolables que hay hoy en día. Por eso sería un auténtico suicidio abandonar la trinchera y ponerse a tiro y no hay mercado que sea capaz de negar esta realidad. Y sería muy triste que por una insensatez anunciada vea dentro de un tiempo a un puñado de editores y escritores patéticos demandando en la calle que los gobernantes les saquen del berenjenal en el que se han metido.
Si la prudencia y la sensatez no son capaces de ejercer su efecto beneficioso en la totalidad de los escritores y editores, movidos por el miedo a perder el tren de la tecnología o un espacio en el nuevo mercado, al menos espero que otros tantos sean capaces de mantener viva la esencia de la creación literaria y la edición en editoriales y librerías refugio que sirvan para atender la demanda de los muchos lectores que se sentirán perdidos entre tanto gigabit suelto. Y así como la escoba sobrevive a la aspiradora, el teléfono fijo planta cara al móvil, el vinilo que todos creían aniquilado por el CD ha vuelto a los estantes de los grandes comercios, y los jóvenes pasean por la calle con aquellos descomunales auriculares que todos creían pasto de museo por incómodos e inútiles, los libreros, editores y escritores que aún crean en la creatividad resistan el asedio de los fríos libros electrónicos y mantengan las esencias de un arte que nunca se perderá. Toda revolución alumbra su tirano y es necesaria una última línea de defensa, al menos para que no desaparezca el atisbo de libertad que permite al ciudadano ser dueño de sus decisiones.
A diferencia del teléfono móvil, que significó una extensión de su versión fija permitiendo una mayor libertad de movimiento al usuario y ampliando sus posibilidades de comunicación, pero que exigía una atención tecnológica exclusiva, el libro electrónico es cautivo de una tecnología que evoluciona por su cuenta y que lo incorpora como opción. Los lectores convencionales han quedado desfasados ante el empuje de esos ordenadores personales que llaman tabletas, mucho más versátiles y completos. Así, un aficionado a la lectura que decida optar por el libro electrónico se inclinará por invertir en aparatos de este tipo antes que en lectores exclusivos. En este caso, el continente aventaja al contenido y el libro electrónico pierde su esencia como bien necesario.
Antes de que los móviles adquirieran la utilidad que ofrecen hoy servían exclusivamente para comunicarse, y ha hecho falta que pasen treinta años para que se hayan impuesto como bien necesario para la sociedad. A pesar de lo cual no ha desaparecido la telefonía fija; es más, vive en la actualidad uno de sus mejores momentos gracias a las nuevas ofertas que lanzan las compañías de telecomunicaciones. El mercado ha procurado que ambas opciones convivan y sean útiles al consumidor. En este caso, los avances tecnológicos han sido simultáneos a las exigencias de los usuarios, preservando una esencia común: la comunicación.
Con el libro electrónico sucede lo contrario. La tecnología ha devorado la esencia del libro electrónico que aspiraba a ser la coartada para la promoción de los aparatos que permiten su lectura, con el prurito de seducir al público lector con una alternativa más estética que útil. Hoy no tiene sentido adquirir un lector primitivo cuando por un poco más se puede conseguir una tableta que lo incorpora como una contenido más de los muchos que ofrece. Perdida la batalla técnica, sólo le queda a los productores de lectores convencionales inundar el mercado de estos artefactos a precios de risa e u ofrecerlos a las empresas para que los empleen como regalos promocionales, que a buen seguro quedarán olvidados en algún cajón. No creo que poseer un aparato de éstos induzca a la lectura a un ciudadano que no lee. Así, el lector de libros electrónicos ingresará en el selecto club de los juguetes rotos sin haber alcanzado siquiera a la pubertad.
El mercado del libro electrónico nace tarado y, lo que es peor, desprotegido. Al perder el soporte esencial que le confiere exclusividad para convertirse en complemento de una oferta más amplia y, sobre todo, ajena a sus pretensiones, el libro electrónico tendrá que adaptarse a las exigencias de un mercado bastante peculiar y asumir las amenazas que habitan en el universo virtual. En primer lugar, el negocio editorial no dispone de un mercado lo suficientemente atractivo como para que las compañías tecnológicas le presten una atención especial, ni para que realicen las inversiones necesarias para la puesta en valor de sus productos. El poder económico sólo entiende de cifras, y con una población lectora de apenas el 50% y unas ventas menguantes, no creo que se deshaga en mimos. Si acaso, será la industria editorial la que deba convencer a la tecnológica de las posibilidades del producto, y no al revés, con lo que no quedará más salida que dar una vuelta de tuerca más a la banalización del producto editorial y por extensión de la cultura.
El desequilibrio existente en la industria editorial entre productores y consumidores tampoco es un dato muy alentador, pues si se trata de ampliar el mercado con nuevas alternativas el exceso de oferta alimenta la selección, y en este caso, los gustos del consumidor no cuentan tanto como el apoyo tácito de quienes han de dar visibilidad a los productos. ¿Cuántas editoriales que dedican su esfuerzos a la buena literatura morirán en el intento ante la falta de difusión? ¿Cuántas editoriales que hoy proporcionan obras interesantes deberán renunciar a sus señas de identidad para competir en un mercado adocenado, en el que ya no controlan el proceso de su producto? ¿Cuántas editoriales que hoy sobreviven con independencia deberán someterse a los rigores de plataformas conjuntas para hacer frente a la competencia, con mínimas garantías de rentabilidad? ¿Cuántas editoriales resistirán el embate y permanecerán fieles a sus principios?
Hoy son los distribuidores y los libreros quienes marcan la prosperidad de los editores. Ni siquiera los lectores determinan el éxito de un producto si éste no recibe las atenciones precisas por parte de esos agentes del mercado editorial. ¿Cómo se enfrentarán esas mismas editoriales a un reto en el que impera la cuenta de resultados de los entes difusos que dominan la red global? Con ingenio y habilidad, dirán algunos; adquiriendo una posición de fuerza mediante la unión de esfuerzos, dirán otros. ¿A cambio de qué?, me pregunto. ¿El libro electrónico amplia realmente las posibilidades de negocio de las pequeñas editoriales o sencillamente tendrán que resignarse a conservar su inferioridad frente a la gran industria, asumiendo por el contrario los riesgos que supone someterse a los rigores de un mercado incontrolable y desprotegido ante el pirateo? ¿Compensa jugar esta baza o contemplarla como un complemento al negocio tradicional?
Es inapelable que si el mercado se lo propone, el libro electrónico se impondrá y quien no se someta a esa tiranía estará fuera del negocio. Bastaría con que los editores acepten las condiciones, se suban al carro con todas las consecuencias y los libros vayan desapareciendo de las librerías paulatinamente, como sucedió en su día con las películas en VHS, y se impongan los formatos digitales. El negocio editorial reúne todas las condiciones para que esta distopía se haga realidad, pues la profunda crisis que atraviesa es una coartada perfecta para que las grandes cadenas de librerías se adapten a las exigencias del mercado, arrastrando a las editoriales y distribuidoras a resignarse a esta suerte y estimulando a las empresas tecnológicas a inventar nuevos formatos para los libros que permitan su venta al público en establecimientos convencionales. Una conjunción de estas características haría posible la revolución. Y lo único que la detiene aún es su rentabilidad. ¿Merece la pena invertir tanto dinero en transformar la industria del libro para una demanda tan magra? ¿Es el libro un bien necesario o accesorio? ¿Es mejor la acción concreta, centrando el negocio en internet, a pesar de que con ello se procure la ruina de un buen número de agentes activos en el mercado, como imprentas, distribuidores, libreros...? ¿Es posible concebir un mundo sin libros? La voracidad del mercado invita a pensar en lo peor.
Sin embargo, toda distopía tiene un reverso que si no la anula, al menos la contrarresta. Y como algunos venenos, la revolución tecnológica del libro contiene su propio antídoto. Y en este caso, el remedio se llama escritor. La industria editorial no sería nada sin los escritores. Es cierto que los hay a manta, que muchos de ellos carecen de los suficientes escrúpulos como para renunciar a la posibilidad de lograr una butaca en el teatro de las vanidades literarias, pero también es cierto que ninguno escribe por el amor al arte y todos esperan algún rédito por su trabajo, y que también saben que la intangibilidad de su obra trae consigo el descontrol de su posesión y, por lo tanto, una merma importante en su valor. Todos los escritores saben que el actual proceso de edición y venta de sus obras está sujeto a unas normas de protección que las ha mantenido a salvo de agresiones indeseables y, más o menos, siempre conservan una propiedad, un control que les confiere el valor preciso del bien tangible. Todos saben que dejar volar libres sus obras aunque las crean amaestradas supone colocarlas a tiro de los cazadores furtivos, y que una vez cobrada la presa se puede dar por perdida. Y, que yo sepa, a ninguno le hace gracia que le roben su trabajo.
Un ejemplar se puede prestar o regalar y, a puede ser leído por no más de cuatro o cinco personas que lo valorarán y recomendarán o no. El pirata es voraz, depredador, codicioso, acaparador. No se mueve por un interés concreto en su selección de víctimas, sino que arrasa con todo lo disponible por un sencillo deseo de posesión. Y es ingenioso, hábil, astuto y desalmado a la hora de buscar o fabricar métodos que le permitan obtener su botín. No es cierto que al pirata le inspiren razones románticas de rebeldía o disidencia frente a un mercado que impone unos precios abusivos, ni que recurra a esas vías por necesidad ante el escaso peculio. Es posible que algún pirata se ajuste a ese perfil, pero son los menos y, desde luego, el problema no radica en las personas sino en el sistema. El intercambio indiscriminado de archivos convierte a todos los que recurren a él en miembros selectos de esta banda de delincuentes sin que muchos de ellos ni siquiera lo sepan. Es ese fluir incontrolado de material ajeno lo que destruye el valor de la obra artística. Un libro colocado en la red es presa fácil para el pirata. La conclusión es bien sencilla: para qué comprar un libro digital si se puede conseguir gratis. Insisto, un libro se puede prestar o regalar, pero nunca a mil personas.
El mercado ha impuesto ya unas normas de conducta a los productores que, como tengo dicho, contribuyen a una banalización de la cultural que conduce a la sociedad al primitivismo. La desprotección de la propiedad intelectual sometiéndola al predador sólo contribuirá a desmontar los últimos reductos de creatividad, al restar incentivos al autor y devaluar su obra. Es posible acoger y aprovechar las bondades de las nuevas tecnologías siempre que se reserve una porción del patrimonio a salvo de sus riesgos. El libro convencional seguirá siendo un valor seguro para preservar la creatividad, sin menosprecio de las oportunidades que ofrece la tecnología. Para una editorial o un escritor, el libro electrónico puede ser una herramienta útil para dar salida a fondos de catálogo u obras que ya no tienen salida comercial por las vías tradicionales, con claras expectativas de rentabilidad. Si estos profesionales son capaces de aprovechar esas oportunidades, la revolución no dejará demasiadas víctimas por el camino.
Escritores y editores saben que esto es así y aún están a tiempo de reflexionar si les conviene meterse en este bancal embarrado a cambio de una promesa de prosperidad aún demasiado verde. Que miren a sus colegas músicos y comprueben su impotencia. Saben también que de nada sirve apelar ni a la tecnología ni a la ley, pues son tan versátiles que ninguna de las dos son capaces de ganar esta batalla: los avances tecnológicos al servicio del delito son más rápidos que sus adversarios. Saben que de nada servirá apelar a una ciudadanía abducida por los cantos de sirena de disidentes del ciberespacio que apelan constantemente a la solidaridad con altas dosis de demagogia y victimismo. Y saben que nada pueden esperar de las autoridades demasiado pendientes de mantener impoluta su imagen ante la sociedad para no ver mermadas sus opciones de conservar el poder, ni de los aspirantes a autoridades que hoy prometen una cosa y luego de lograr sus fines olvidan su promesa por las mismas razones que justifican la actitud de los que hoy mandan. El pirata es uno de los males más dañinos e incontrolables que hay hoy en día. Por eso sería un auténtico suicidio abandonar la trinchera y ponerse a tiro y no hay mercado que sea capaz de negar esta realidad. Y sería muy triste que por una insensatez anunciada vea dentro de un tiempo a un puñado de editores y escritores patéticos demandando en la calle que los gobernantes les saquen del berenjenal en el que se han metido.
Si la prudencia y la sensatez no son capaces de ejercer su efecto beneficioso en la totalidad de los escritores y editores, movidos por el miedo a perder el tren de la tecnología o un espacio en el nuevo mercado, al menos espero que otros tantos sean capaces de mantener viva la esencia de la creación literaria y la edición en editoriales y librerías refugio que sirvan para atender la demanda de los muchos lectores que se sentirán perdidos entre tanto gigabit suelto. Y así como la escoba sobrevive a la aspiradora, el teléfono fijo planta cara al móvil, el vinilo que todos creían aniquilado por el CD ha vuelto a los estantes de los grandes comercios, y los jóvenes pasean por la calle con aquellos descomunales auriculares que todos creían pasto de museo por incómodos e inútiles, los libreros, editores y escritores que aún crean en la creatividad resistan el asedio de los fríos libros electrónicos y mantengan las esencias de un arte que nunca se perderá. Toda revolución alumbra su tirano y es necesaria una última línea de defensa, al menos para que no desaparezca el atisbo de libertad que permite al ciudadano ser dueño de sus decisiones.
Interludio mendicante
Estaba en el bar tomando el café con el que todas las mañanas redimo la reclusión a la que me fuerza el desempleo, cuando se acercó a la barra un chico bien parecido y le pide al dueño del local "un euro para internet". El tabernero, estupefacto, se lo niega, y el joven se marcha no sin antes dar las gracias por la atención. En silencio me termino el café, pago y me marcho a casa dando gracias a los dioses por poder pagar aún mi tarifa plana.
lunes, 29 de noviembre de 2010
Por qué nunca compraré un lector de libros electrónicos
Llega la Navidad, y con ella el dichoso dilema de qué regalar a los allegados (siempre que se pertenezca al selecto club de los empleados). Me cuentan que el lector de libros electrónicos puede por fin eclosionar, aunque esta letanía la llevo oyendo desde que el mercado se empeñó en colocar el curioso aparato y, hasta la fecha, lo único que ha logrado ha sido inquietar al universo editorial, cuyos planetas, asteroides y demás cuerpos interestelares no cejan en su empeño por hacer frente al desafío aunque ni siquiera haya asomado las orejas en toda su dimensión. Mientras, los mercaderes de tecnología no paran de inventar chismes cada vez más sofisticados que, eso sí, incluyen la opción de leer libros en ellos, si bien como complemento a un sinfín de utilidades ajenas a esa misión original. Lo cual me conduce a comprobar que, una vez más, triunfa el medio pero no el fin.
Lo siento por los paladines de la nueva era, pero yo nunca compraré un lector de libros electrónicos. Por varias razones:
La primera es sentimental. Tengo un marcapáginas de encaje de bolillo que elaboró mi madre, y un atril de madera que fabricó mi padre. Ambos objetos los utilizo con frecuencia y, evidentemente, resultan inútiles para un libro electrónico. Y yo que tengo un concepto siciliano de la familia, me resisto a renunciar a ellos.
La segunda es fruto de la costumbre. Me gusta pasear, porque además de permitirme airear el cuerpo es el momento en el que se me ocurren las ideas. Y me gusta hacerlo por la ciudad ya que, resignado a mezclarme con la humanidad, al menos la prefiero de paisano y no disfrazada con ese atuendo ridículo que viste para ir al campo o a los parques. En mis caminatas siempre hago un alto frente al escaparate de alguna librería y, en ocasiones, entro en ella a husmear por sus rincones en busca de algo para leer. Esas mismas librerías son para mí lugares de evasión, en los que mis preocupaciones parecen agostarse espantadas por tanto bálsamo contra la apatía. Por eso suelo pasar horas removiendo páginas como esos arqueólogos que buscan algún tesoro escondido bajo el sustrato de la realidad. A veces lo encuentro, otras no, pero siempre salgo de esos reductos de paz con el ánimo mucho más aseado. No me siento capaz de deambular por una librería virtual, sentado frente al ordenador por mucho que aprecie la quietud de mi hogar y estimule mis neuronas con alguna melodía agradable. Como tampoco me fío de lo cibernético y me gusta tocar lo que compro, no creo que pueda contribuir a que ese negocio virtual prospere.
La tercera obedece a una cuestión práctica. Un libro se puede perder, bien por olvido (frecuente) o por sustracción (extraordinario), o deteriorar. Un lector también se puede perder, bien por olvido (posible) o sustracción (probable), o deteriorar. Todo depende del azar o el cuidado que les dispensen sus propietarios. Es cierto que quien posea un lector no tendrá que contratar un porteador para transportar su biblioteca y podrá adquirir cualquier título de forma instantánea si ese es su gusto (siempre que disponga de la tecnología adecuada y las conexiones se lo permitan, claro), pero su pérdida o deterioro puede proporcionarle un mayor disgusto y, además, corre un riesgo que se escapa a su control: que el lector decida no funcionar. No sé de ningún libro que se resista a ser leído, pero de la impertinencia de la tecnología no tengo duda.
Y por último, una razón caracterológica. No me gusta mucho leer en público. Si acaso, ojeo la prensa en algún bar o si el viaje es largo entonces sí que doy una oportunidad al exhibicionismo, pero no soy de esos que se va a leer a la calle. Prefiero la soledad. Y no concibo ese momento sin sentir las sensaciones que me produce manejar un libro, las cuáles no me proporcionará un artilugio tan frío y soberano de sus entresijos.
Dicho queda. Ahora bien, aclaro que estas razones sólo a mí atañen y, a diferencia de los apologetas del libro electrónico que ven en su imperio la aniquilación del papel, debo reconocer las virtudes y posibilidades de esta nueva opción sin que por ello suponga una hecatombe. Así como la escoba, ese artilugio ancestral que ha sobrevivido a sus innumerables reinvenciones, es capaz de convivir con la aspiradora en todos los hogares, el libro lo hará con el lector. No son incompatibles, por mucho que se empeñen quienes han invertido tiempo y dinero en su promoción. Entiendo además que el libro electrónico es un medio muy útil para la edición científica, pues aporta al usuario mucha más operatividad en sus investigaciones (defender procedimientos tradicionales es puro romanticismo), o como instrumento didáctico para la enseñanza, y que probablemente las futuras generaciones de lectores lo aceptarán como medio fundamental. Pero mientras llega esa Arcadia, habrán de editarse aún muchos libros en papel para atender la demanda existente y, sobre todo, enfrentarse a las amenazas que acechan el negocio con armas poderosas que impidan el deterioro de la labor editorial, protejan a los escritores y, sobre todo, respeten a los lectores, pues sin ellos difícilmente podrán ver sus sueños hechos realidad.
Lo siento por los paladines de la nueva era, pero yo nunca compraré un lector de libros electrónicos. Por varias razones:
La primera es sentimental. Tengo un marcapáginas de encaje de bolillo que elaboró mi madre, y un atril de madera que fabricó mi padre. Ambos objetos los utilizo con frecuencia y, evidentemente, resultan inútiles para un libro electrónico. Y yo que tengo un concepto siciliano de la familia, me resisto a renunciar a ellos.
La segunda es fruto de la costumbre. Me gusta pasear, porque además de permitirme airear el cuerpo es el momento en el que se me ocurren las ideas. Y me gusta hacerlo por la ciudad ya que, resignado a mezclarme con la humanidad, al menos la prefiero de paisano y no disfrazada con ese atuendo ridículo que viste para ir al campo o a los parques. En mis caminatas siempre hago un alto frente al escaparate de alguna librería y, en ocasiones, entro en ella a husmear por sus rincones en busca de algo para leer. Esas mismas librerías son para mí lugares de evasión, en los que mis preocupaciones parecen agostarse espantadas por tanto bálsamo contra la apatía. Por eso suelo pasar horas removiendo páginas como esos arqueólogos que buscan algún tesoro escondido bajo el sustrato de la realidad. A veces lo encuentro, otras no, pero siempre salgo de esos reductos de paz con el ánimo mucho más aseado. No me siento capaz de deambular por una librería virtual, sentado frente al ordenador por mucho que aprecie la quietud de mi hogar y estimule mis neuronas con alguna melodía agradable. Como tampoco me fío de lo cibernético y me gusta tocar lo que compro, no creo que pueda contribuir a que ese negocio virtual prospere.
La tercera obedece a una cuestión práctica. Un libro se puede perder, bien por olvido (frecuente) o por sustracción (extraordinario), o deteriorar. Un lector también se puede perder, bien por olvido (posible) o sustracción (probable), o deteriorar. Todo depende del azar o el cuidado que les dispensen sus propietarios. Es cierto que quien posea un lector no tendrá que contratar un porteador para transportar su biblioteca y podrá adquirir cualquier título de forma instantánea si ese es su gusto (siempre que disponga de la tecnología adecuada y las conexiones se lo permitan, claro), pero su pérdida o deterioro puede proporcionarle un mayor disgusto y, además, corre un riesgo que se escapa a su control: que el lector decida no funcionar. No sé de ningún libro que se resista a ser leído, pero de la impertinencia de la tecnología no tengo duda.
Y por último, una razón caracterológica. No me gusta mucho leer en público. Si acaso, ojeo la prensa en algún bar o si el viaje es largo entonces sí que doy una oportunidad al exhibicionismo, pero no soy de esos que se va a leer a la calle. Prefiero la soledad. Y no concibo ese momento sin sentir las sensaciones que me produce manejar un libro, las cuáles no me proporcionará un artilugio tan frío y soberano de sus entresijos.
Dicho queda. Ahora bien, aclaro que estas razones sólo a mí atañen y, a diferencia de los apologetas del libro electrónico que ven en su imperio la aniquilación del papel, debo reconocer las virtudes y posibilidades de esta nueva opción sin que por ello suponga una hecatombe. Así como la escoba, ese artilugio ancestral que ha sobrevivido a sus innumerables reinvenciones, es capaz de convivir con la aspiradora en todos los hogares, el libro lo hará con el lector. No son incompatibles, por mucho que se empeñen quienes han invertido tiempo y dinero en su promoción. Entiendo además que el libro electrónico es un medio muy útil para la edición científica, pues aporta al usuario mucha más operatividad en sus investigaciones (defender procedimientos tradicionales es puro romanticismo), o como instrumento didáctico para la enseñanza, y que probablemente las futuras generaciones de lectores lo aceptarán como medio fundamental. Pero mientras llega esa Arcadia, habrán de editarse aún muchos libros en papel para atender la demanda existente y, sobre todo, enfrentarse a las amenazas que acechan el negocio con armas poderosas que impidan el deterioro de la labor editorial, protejan a los escritores y, sobre todo, respeten a los lectores, pues sin ellos difícilmente podrán ver sus sueños hechos realidad.
domingo, 28 de noviembre de 2010
Basura íntima
La gastronomía, esa nueva ciencia humanística que concita saberes tan variados como la química, la biología, las matemáticas, la historia o la antropología para desarrollar una nueva disciplina de conocimiento basada en el placer sensorial, debería seducir a espíritus sensibles, instruidos y educados, capaces de disfrutar de las sensaciones que proporciona su vasta diversidad y descubrir los secretos que se esconden entre esos alimentos embellecidos con el ingenio y la maña. Pero, a diferencia de otras fuentes de conocimiento más solidarias y exigentes, el placer que proporciona el arte culinario lo puede obtener todo aquel que disponga de una cuenta corriente portentosa (no incluyo aquí la variante popular, espontánea y atávica que muchos tenemos la suerte de disfrutar en nuestros hogares), el acceso a los templos del gran comer está abierto a conciencias de todo rango. Y será por eso que en no pocos de estos santuarios me he encontrado con la desagradable sorpresa de una meada reciente y grotesca, dejada por algún cliente que me ha precedido en mi visita al retrete. Si fuese un episodio extraordinario no le daría más importancia que la de concluir en la incongruente presencia de uno de esos intrusos del mal gusto cuya personalidad se haya en un estado primitivo, y que si anda por esos lugares es sencillamente porque se lo puede permitir. Sin embargo, el suceso es redundante y no es patrimonio de un lugar determinado donde la conducta de sus ciudadanos se reconozca más relajada de lo habitual, sino que humeantes meadas me han sorprendido en retretes de diferentes ciudades españolas, lo cual da lugar a una reflexión que va más allá de la sencilla anécdota, y que me lleva a pensar en la dimensión del desprecio por las normas de convivencia más básicas cuando supongo (y quizás sea ingenuo suponerlo) que si el dinero no da la felicidad tampoco reporta educación ni refuerza las buenas costumbres. O bien es que los cánones de la educación moderna no incluyen el aprecio por lo higiénico, o bien que esta democratización impostada de las manifestaciones culturales atraen más el convencionalismo social que al verdadero amor por las artes. Basta con visitar los retretes de museos, centros culturales, teatros, auditorios y demás catalizadores de la sensibilidad y la estética para comprobar que la meada pertinaz es ya una seña de identidad de nuestros queridos semejantes.
Recién llegado de Tokio, mi amigo Alfonso no tuvo mejor idea que entrar en el retrete de la estación de tren de Chamartín sin antes haber superado el síndrome de la distancia física y social. Y, claro, salió espantado ante semejante zafarrancho. Ya en el tren convocó a las ciencias sociales en busca de una explicación que, luego de permanecer unos días en su ciudad, dio por imposible o sencillamente alivió con esa dosis de resignación que todos debemos llevar a mano para superar los incontables motivos para afiliarse a la misantropía con los que nos topamos a diario.
Anoche fui al cine y, si no conté mal, seríamos apenas veinte los espectadores que nos reunimos en la sala. Al rato de empezar la película me entraron ganas de orinar y fui a los retretes del local. Allí, aparte de los urinarios adosados a la pared, hay cinco cabinas con sus correspondientes y convencionales tazas (o como quiera que se le llame a eso en el mundo moderno), dentro de las cuales permanecían sendas meadas. ¡En todas! Después de la irremediable conjoga, me decidí por hacer lo que siempre hago en estos casos: elegir la menos repugnante, quitarla de mi vista con un sencillo (de verdad, es muy sencillo) tirón de la cadena, y hacer lo que fui a hacer tras lo cual volví a tirar de la cadena (de verdad, es muy sencillo). Rabioso, regresé a mi butaca, pero afortunadamente la película era buena y me rescató del abismo.
Que por las aceras de mi ciudad transiten permanentemente esos monstruosos vehículos de limpieza recogiendo la mierda que arroja la ciudadanía es la imagen en alta definición del fracaso de nuestra sociedad. Y con tantos clientes (millones) no es de extrañar que el negocio de la limpieza de nuestra basura atraiga a tanto mercader avispado, y las municipalidades se atribulen en componendas no siempre limpias.
No sé si quien deja su huella úrica en los retretes públicos reproduce una costumbre arraigada que también practica en la intimidad de su hogar o si, en cambio, obedece a algún registro de rebeldía, aunque de la observación del comportamiento social me inclino por pensar en que esas actitudes reproducen el corolario del desprecio por el otro que define el individualismo que rige en el pensamiento liberal que ha arraigado en las sociedades occidentales.
Recién llegado de Tokio, mi amigo Alfonso no tuvo mejor idea que entrar en el retrete de la estación de tren de Chamartín sin antes haber superado el síndrome de la distancia física y social. Y, claro, salió espantado ante semejante zafarrancho. Ya en el tren convocó a las ciencias sociales en busca de una explicación que, luego de permanecer unos días en su ciudad, dio por imposible o sencillamente alivió con esa dosis de resignación que todos debemos llevar a mano para superar los incontables motivos para afiliarse a la misantropía con los que nos topamos a diario.
Anoche fui al cine y, si no conté mal, seríamos apenas veinte los espectadores que nos reunimos en la sala. Al rato de empezar la película me entraron ganas de orinar y fui a los retretes del local. Allí, aparte de los urinarios adosados a la pared, hay cinco cabinas con sus correspondientes y convencionales tazas (o como quiera que se le llame a eso en el mundo moderno), dentro de las cuales permanecían sendas meadas. ¡En todas! Después de la irremediable conjoga, me decidí por hacer lo que siempre hago en estos casos: elegir la menos repugnante, quitarla de mi vista con un sencillo (de verdad, es muy sencillo) tirón de la cadena, y hacer lo que fui a hacer tras lo cual volví a tirar de la cadena (de verdad, es muy sencillo). Rabioso, regresé a mi butaca, pero afortunadamente la película era buena y me rescató del abismo.
Que por las aceras de mi ciudad transiten permanentemente esos monstruosos vehículos de limpieza recogiendo la mierda que arroja la ciudadanía es la imagen en alta definición del fracaso de nuestra sociedad. Y con tantos clientes (millones) no es de extrañar que el negocio de la limpieza de nuestra basura atraiga a tanto mercader avispado, y las municipalidades se atribulen en componendas no siempre limpias.
No sé si quien deja su huella úrica en los retretes públicos reproduce una costumbre arraigada que también practica en la intimidad de su hogar o si, en cambio, obedece a algún registro de rebeldía, aunque de la observación del comportamiento social me inclino por pensar en que esas actitudes reproducen el corolario del desprecio por el otro que define el individualismo que rige en el pensamiento liberal que ha arraigado en las sociedades occidentales.
martes, 23 de noviembre de 2010
El fin de la cultura
La cultura no es un derecho, es una opción. Sólo desde el conocimiento se puede obtener la aptitud necesaria para comprender y valorar las manifestaciones culturales ajenas e incluso, con los debidos estímulos, lograr producir las propias. La educación -y no estrictamente en su concepción académica- es el medio indispensable para alcanzar la cultura como fin. Creer y, más aún, concebir y presentar la cultura como un medio de excelencia es un error esencial que confunde a los individuos y los compartimenta, pues no son pocos los que hasta hace muy poco tiempo los que se sentían excluidos del desarrollo social por su escasa o nula formación cultural. Ese es el motivo por el cual, al irrumpir las leyes del mercado en el ámbito cultural y adaptar la oferta a una demanda difusa, muchos grupos sociales ajenos hasta ahora a la cultura se han visto habilitados para imponer unos gustos que contribuyen a banalizar la producción cultural. En este caso no es la audiencia la que se debe adaptar a un producto cultural objetivamente aceptable sino al revés, lo cual empobrece la oferta y, lo que aún es peor, impone unos criterios de rentabilidad en los que la calidad adquiere un significado laxo y cuestionable.
El error primordial en el proceso de democratización de la cultura radica en su adaptabilidad a una demanda poco instruida, desinformada y complaciente. No sería un problema si se supiera delimitar los conceptos de cultura y espectáculo, creación y entretenimiento, pero la soberbia del mercado impone unas reglas que reducen el ingenio a la nada en favor de propuestas comprensibles por la gran masa, y esas reglas han borrado cualquier frontera sometiendo a la cultura al imperio del espectáculo, y reduciéndola a espacios apartados, minoritarios y poco rentables.
Cómo se explica si no que los artistas más denostados por la crítica especializada (no la advenediza y servil) sean los que más reconocimiento reciben de la sociedad y de las instituciones que la representan (medios de comunicación, organismos públicos y privados que incorporan la cultura como un elemento estético a sus ofertas pero que acaparan la atención mayoritaria del público). La cultura-producto se convierte así en un arma poderosa para aniquilar el desarrollo del sentido crítico de una sociedad que no aspira más que a saciar sus necesidades de ocio con propuestas banales e insustanciales, que se consumen sin esfuerzo y se olvidan con rapidez sin dejar apenas huella ni lograr el propósito esencial de cualquier manifestación artística que es el desarrollo del conocimiento.
Como en otros sectores económicos, la cultura-producto se gestiona desde un número muy reducido de empresas, que controla todo el proceso productivo y se reparte el mercado y los gustos imponiendo tendencias bien calculadas con la seguridad de un consumo tan masivo como fugaz. Alrededor de estos núcleos empresariales orbita toda una constelación de negocios que van desde los que aspiran a ocupar un riconcito entre los elegidos produciendo la misma basura que ellos aunque con menos medios de promoción, hasta los que intentan mantener las esencias de la creación artística con grave riesgo de sus rentas personales, una visibilidad escasa y siempre al borde de la ruina. En medio se encuentra el auténtico grueso de esta especie de disidencia, que transita entre el deseo y la evidencia sumidos en un profundo cinismo que les lleva a predicar las bondades de la auténtica creación a la vez que se afanan por encontrar fórmulas que atraigan al mayor número de consumidores.
Esta estructura es diáfana en el mundo editorial. Frente a los grandes grupos que controlan el mercado de masas con ofertas sonrojantes, se encuentran los miles de pequeños sellos que intentan sobrevivir con propuestas tan interesantes como minoritarias que, no obstante, han de superar unos determinados controles de calidad ya sean marcados por el prestigio del autor (aunque se trate de una obra menor) o por la propia obra en sí (aunque sea una reedición con un nuevo formato y con algún prólogo ad hoc). No queda mucho margen de maniobra para los neófitos o desconocidos, a menos que recurran a editoriales ignotas con un recorrido muy corto. No quiero decir con esto que la labor editorial de todos estos sellos sea menos digna de encomio, sencillamente constato las dificultades que un mercado adocenado impone a una labor audaz que pretende diversificar la oferta y proponer opciones mucho más enriquecedoras para el público.
Sin embargo, un peligro se cierne sobre la creación cultural cuando el artista adapta su ingenio a las exigencias del mercado. No pocos son los creadores que en el deseo de que su obra adquiera visibilidad, se valore y la compren renuncian a sus verdaderas capacidades para producir obras que en absoluto reflejan su genio, en beneficio de la demanda. Ese es un mal que se extiende con demasiada rapidez en un mundo tan mercantilizado como éste y puede ser lo más destructivo que haya conocido el arte en toda su historia.
El mercado es implacable, pero así son sus leyes y en un sistema capitalista no hay mucho más que hacer que echar mano del ingenio y el esfuerzo para hacerse un hueco en él. El inconveniente más grave se produce cuando irrumpe en este mercado el poder público como un elemento activo con un alto poder desequilibrante. Las políticas culturales basadas en el proteccionismo han derivado en una de las versiones más dañinas y perversas de la acción pública en la cultura, tal es un pertinaz e impúdico intervencionismo que ha diseñado un nuevo escenario en la producción cultural marcado por el clientelismo. Lo que empezó con una política de estímulo y apoyo a la producción cultural se ha convertido en una opresiva dependencia que condiciona el desarrollo de la industria cultural con el desagradable contagio a la creatividad. Hoy no hay gestor o empresa cultural que no dependa de las ayudas públicas en su más diversas formas, y ese vasallaje se ha convertido en un arma aniquiladora en manos de determinados políticos para formar un cortejo a mayor gloria de sus aspiraciones personales o de los intereses del partido al que pertenece.
El poder público se habría de conformar con proporcionar al mercado consumidores de cultura instruidos y con sentido crítico mediante programas educativos que aprecien los conocimientos necesarios para valorar la creación artística en todas sus disciplinas, y gestionar con eficiencia los recursos necesarios para que la sociedad pueda acceder a dichos conocimientos y los creadores logren desarrollar sus capacidades con la garantía de poder afrontar las exigencias del mercado con posibilidades reales. Esto se logra mediante el mantenimiento con buena salud de museos, bibliotecas, archivos, filmotecas, etc. y estimulando la formación de grupos de lectura, talleres de escritura, música, teatro, artes plásticas, así como los centros especializados en dichas disciplinas con medios y profesionales apropiados, con el fin de que quienes demuestren sus capacidades puedan desarrollar unas técnicas adecuadas que sirvan como alimento a su creatividad. Y todo sin menosprecio de que los artistas puedan encontrar espacios públicos donde mostrar al público sus obras a cambio de un coste al alcance de cualquiera o bien con actividades abiertas aunque puntuales que sirvan para mostrar la grandeza de esa creación. Así se presentaría la cultura como una opción universal, democrática, que puede ser disfrutada por todo aquel que se sienta atraído por esas actividades o despertar el interés en aquellos a quienes les ha sido vedada o la sienten como algo lejano y extraño. Es una labor ardua que con la adecuada constancia puede conducir al éxito.
Sin embargo, el poder público ha preferido introducirse en la industria cultural como parte activa, despreciando esa cultura de base e imponiendo unos criterios mercantilistas fundamentados en la audiencia. La institución irrumpe en la cultura desde una posición ventajista al sustentar su apuesta con dinero público, convirtiéndose así en un competidor casi invencible y, sobre todo, desleal. El gestor público parte de unos criterios tan fatuos como peligrosos para lograr su propósito: máxima audiencia satisfecha. Contratar a los artistas más conocidos. Pero ser conocido no quiere decir que sea bueno. Invertir todo el dinero que haga falta. Aunque está claro que un mercado libre los precios se regulan en virtud de la oferta y la demanda, existen unos límites que muy pocos profesionales están dispuestos a traspasar a menos que quieran poner en riesgo sus cuentas y su prestigio, por lo que no siempre es el dinero lo que determina la participación de un artista reconocido; tampoco es necesario hacer grandes inversiones en infraestructuras cuando las administraciones disponen de establecimientos adecuados para llevar a cabo dichas actividades. Todo gratis. La única forma de valorar el esfuerzo de un artista es pagar por disfrutar de su obra, aunque el precio sea mínimo.
Todo ello contribuye a pervertir el mercado. No hay administración pública que no gestione su programa cultural a cargo del presupuesto, lo que contribuye a fijar unos precios que no pueden asumir los gestores privados y atraer a una audiencia que jamás conseguirá un establecimiento privado. Para un gestor cultural particular es muy difícil competir con semejante adversario. En primer lugar porque son mucho menos que las administraciones, y más cuando para llevar a cabo cualquier iniciativa debe recurrir al poder público para obtener los correspondientes permisos. ¿Por qué entonces no se oponen? Por una razón de vasallaje. La administración pública recurre a la iniciativa privada para llevar a cabo sus programas a cambio de sustanciosas concesiones que permiten al empresario asegurar su cuenta de resultados. Este clientelismo ha marcado el desarrollo de la industria cultural en los últimos diez años como jamás antes se había conocido, si bien ese magnífico edificio se asentaba sobre unos cimientos muy endebles. Y hoy estamos pagando las consecuencias. Las dificultades económicas por las que atraviesan las administraciones públicas tienen un reflejo evidente en los recortes de sus presupuestos culturales y en los retrasos a veces inasumibles del pago de las deudas contraídas con los concesionarios de dichas actividades. Sin embargo, la férrea dependencia forjada en todos estos años ha traído como consecuencia la imposibilidad del desarrollo de la industria cultural desde la iniciativa privada en exclusiva. No existe un tejido financiero apropiado para costear todas las actividades que en otro tiempo se llevaban a cabo y, por lo tanto, han ido desapareciendo en perjuicio de una industria que ve ahora cómo no encuentra una demanda suficiente para sus productos por sencillos y banales que sean. El tejido cultural languidece en un páramo de incertidumbre y miseria tan solo sostenido por el empeño de algunas administraciones que se resisten a resignarse a la evidencia, gracias al apoyo de cajas de ahorros y fundaciones militantes que han de pagar favores de otros tiempos.
Otra consecuencia, acaso más nefasta que las anteriores, de este declive de la acción pública ha sido el concepto de cultura que ha arraigado en la opinión pública como un medio de notoriedad para unos cuantos arribistas que han quedado como los garantes de las esencias artísticas gracias al apoyo arbitrario de los responsables políticos, o bien un instrumento para el enriquecimiento de los responsables de los fastos de antaño mediante operaciones financieras sospechosas, e incluso una vía de adoctrinamiento para las masas a causa de unos contenidos adaptados al ideario del partido que ostenta el poder en cada momento. En definitiva, un empobrecimiento de la cultura-producto y una aniquilación de la cultura-concepto.
Pero el resultado más decepcionante, inquietante e irritante ha sido la destrucción del tejido cultural de base en beneficio de grandes acontecimientos de masas cuya coartada ha sido la promoción de los atractivos de un territorio determinado, y que no han dejado más huella que un soplo. Horroriza contemplar cómo todos los establecimientos destinados a la formación cultural de la población van desapareciendo por abandono o descapitalización después de que se hayan invertido cantidades astronómicas en actividades tan descomunales como inanes que han reportado pingües beneficios profesionales y económicos a determinados grupos de políticos y empresarios, a cambio de la ruina de la mayoría de gestores y el desprecio a la sociedad y a los artistas que no se han postrado ante ellos. Sólo hay que analizar los números para comprobar este desastre.
Hace tiempo que tengo claro que la cultura no es competencia de los políticos, que deberían desaparecer las concejalías, consejerías e incluso el ministerio de Cultura, que la institución pública debe disponer los medios necesarios para el desarrollo del conocimiento y la creatividad para que el pueblo se forme, se instruya, adquiera la sabiduría, el criterio y el sentido crítico que servirán de equipaje en su viaje en busca de la cultura.
El error primordial en el proceso de democratización de la cultura radica en su adaptabilidad a una demanda poco instruida, desinformada y complaciente. No sería un problema si se supiera delimitar los conceptos de cultura y espectáculo, creación y entretenimiento, pero la soberbia del mercado impone unas reglas que reducen el ingenio a la nada en favor de propuestas comprensibles por la gran masa, y esas reglas han borrado cualquier frontera sometiendo a la cultura al imperio del espectáculo, y reduciéndola a espacios apartados, minoritarios y poco rentables.
Cómo se explica si no que los artistas más denostados por la crítica especializada (no la advenediza y servil) sean los que más reconocimiento reciben de la sociedad y de las instituciones que la representan (medios de comunicación, organismos públicos y privados que incorporan la cultura como un elemento estético a sus ofertas pero que acaparan la atención mayoritaria del público). La cultura-producto se convierte así en un arma poderosa para aniquilar el desarrollo del sentido crítico de una sociedad que no aspira más que a saciar sus necesidades de ocio con propuestas banales e insustanciales, que se consumen sin esfuerzo y se olvidan con rapidez sin dejar apenas huella ni lograr el propósito esencial de cualquier manifestación artística que es el desarrollo del conocimiento.
Como en otros sectores económicos, la cultura-producto se gestiona desde un número muy reducido de empresas, que controla todo el proceso productivo y se reparte el mercado y los gustos imponiendo tendencias bien calculadas con la seguridad de un consumo tan masivo como fugaz. Alrededor de estos núcleos empresariales orbita toda una constelación de negocios que van desde los que aspiran a ocupar un riconcito entre los elegidos produciendo la misma basura que ellos aunque con menos medios de promoción, hasta los que intentan mantener las esencias de la creación artística con grave riesgo de sus rentas personales, una visibilidad escasa y siempre al borde de la ruina. En medio se encuentra el auténtico grueso de esta especie de disidencia, que transita entre el deseo y la evidencia sumidos en un profundo cinismo que les lleva a predicar las bondades de la auténtica creación a la vez que se afanan por encontrar fórmulas que atraigan al mayor número de consumidores.
Esta estructura es diáfana en el mundo editorial. Frente a los grandes grupos que controlan el mercado de masas con ofertas sonrojantes, se encuentran los miles de pequeños sellos que intentan sobrevivir con propuestas tan interesantes como minoritarias que, no obstante, han de superar unos determinados controles de calidad ya sean marcados por el prestigio del autor (aunque se trate de una obra menor) o por la propia obra en sí (aunque sea una reedición con un nuevo formato y con algún prólogo ad hoc). No queda mucho margen de maniobra para los neófitos o desconocidos, a menos que recurran a editoriales ignotas con un recorrido muy corto. No quiero decir con esto que la labor editorial de todos estos sellos sea menos digna de encomio, sencillamente constato las dificultades que un mercado adocenado impone a una labor audaz que pretende diversificar la oferta y proponer opciones mucho más enriquecedoras para el público.
Sin embargo, un peligro se cierne sobre la creación cultural cuando el artista adapta su ingenio a las exigencias del mercado. No pocos son los creadores que en el deseo de que su obra adquiera visibilidad, se valore y la compren renuncian a sus verdaderas capacidades para producir obras que en absoluto reflejan su genio, en beneficio de la demanda. Ese es un mal que se extiende con demasiada rapidez en un mundo tan mercantilizado como éste y puede ser lo más destructivo que haya conocido el arte en toda su historia.
El mercado es implacable, pero así son sus leyes y en un sistema capitalista no hay mucho más que hacer que echar mano del ingenio y el esfuerzo para hacerse un hueco en él. El inconveniente más grave se produce cuando irrumpe en este mercado el poder público como un elemento activo con un alto poder desequilibrante. Las políticas culturales basadas en el proteccionismo han derivado en una de las versiones más dañinas y perversas de la acción pública en la cultura, tal es un pertinaz e impúdico intervencionismo que ha diseñado un nuevo escenario en la producción cultural marcado por el clientelismo. Lo que empezó con una política de estímulo y apoyo a la producción cultural se ha convertido en una opresiva dependencia que condiciona el desarrollo de la industria cultural con el desagradable contagio a la creatividad. Hoy no hay gestor o empresa cultural que no dependa de las ayudas públicas en su más diversas formas, y ese vasallaje se ha convertido en un arma aniquiladora en manos de determinados políticos para formar un cortejo a mayor gloria de sus aspiraciones personales o de los intereses del partido al que pertenece.
El poder público se habría de conformar con proporcionar al mercado consumidores de cultura instruidos y con sentido crítico mediante programas educativos que aprecien los conocimientos necesarios para valorar la creación artística en todas sus disciplinas, y gestionar con eficiencia los recursos necesarios para que la sociedad pueda acceder a dichos conocimientos y los creadores logren desarrollar sus capacidades con la garantía de poder afrontar las exigencias del mercado con posibilidades reales. Esto se logra mediante el mantenimiento con buena salud de museos, bibliotecas, archivos, filmotecas, etc. y estimulando la formación de grupos de lectura, talleres de escritura, música, teatro, artes plásticas, así como los centros especializados en dichas disciplinas con medios y profesionales apropiados, con el fin de que quienes demuestren sus capacidades puedan desarrollar unas técnicas adecuadas que sirvan como alimento a su creatividad. Y todo sin menosprecio de que los artistas puedan encontrar espacios públicos donde mostrar al público sus obras a cambio de un coste al alcance de cualquiera o bien con actividades abiertas aunque puntuales que sirvan para mostrar la grandeza de esa creación. Así se presentaría la cultura como una opción universal, democrática, que puede ser disfrutada por todo aquel que se sienta atraído por esas actividades o despertar el interés en aquellos a quienes les ha sido vedada o la sienten como algo lejano y extraño. Es una labor ardua que con la adecuada constancia puede conducir al éxito.
Sin embargo, el poder público ha preferido introducirse en la industria cultural como parte activa, despreciando esa cultura de base e imponiendo unos criterios mercantilistas fundamentados en la audiencia. La institución irrumpe en la cultura desde una posición ventajista al sustentar su apuesta con dinero público, convirtiéndose así en un competidor casi invencible y, sobre todo, desleal. El gestor público parte de unos criterios tan fatuos como peligrosos para lograr su propósito: máxima audiencia satisfecha. Contratar a los artistas más conocidos. Pero ser conocido no quiere decir que sea bueno. Invertir todo el dinero que haga falta. Aunque está claro que un mercado libre los precios se regulan en virtud de la oferta y la demanda, existen unos límites que muy pocos profesionales están dispuestos a traspasar a menos que quieran poner en riesgo sus cuentas y su prestigio, por lo que no siempre es el dinero lo que determina la participación de un artista reconocido; tampoco es necesario hacer grandes inversiones en infraestructuras cuando las administraciones disponen de establecimientos adecuados para llevar a cabo dichas actividades. Todo gratis. La única forma de valorar el esfuerzo de un artista es pagar por disfrutar de su obra, aunque el precio sea mínimo.
Todo ello contribuye a pervertir el mercado. No hay administración pública que no gestione su programa cultural a cargo del presupuesto, lo que contribuye a fijar unos precios que no pueden asumir los gestores privados y atraer a una audiencia que jamás conseguirá un establecimiento privado. Para un gestor cultural particular es muy difícil competir con semejante adversario. En primer lugar porque son mucho menos que las administraciones, y más cuando para llevar a cabo cualquier iniciativa debe recurrir al poder público para obtener los correspondientes permisos. ¿Por qué entonces no se oponen? Por una razón de vasallaje. La administración pública recurre a la iniciativa privada para llevar a cabo sus programas a cambio de sustanciosas concesiones que permiten al empresario asegurar su cuenta de resultados. Este clientelismo ha marcado el desarrollo de la industria cultural en los últimos diez años como jamás antes se había conocido, si bien ese magnífico edificio se asentaba sobre unos cimientos muy endebles. Y hoy estamos pagando las consecuencias. Las dificultades económicas por las que atraviesan las administraciones públicas tienen un reflejo evidente en los recortes de sus presupuestos culturales y en los retrasos a veces inasumibles del pago de las deudas contraídas con los concesionarios de dichas actividades. Sin embargo, la férrea dependencia forjada en todos estos años ha traído como consecuencia la imposibilidad del desarrollo de la industria cultural desde la iniciativa privada en exclusiva. No existe un tejido financiero apropiado para costear todas las actividades que en otro tiempo se llevaban a cabo y, por lo tanto, han ido desapareciendo en perjuicio de una industria que ve ahora cómo no encuentra una demanda suficiente para sus productos por sencillos y banales que sean. El tejido cultural languidece en un páramo de incertidumbre y miseria tan solo sostenido por el empeño de algunas administraciones que se resisten a resignarse a la evidencia, gracias al apoyo de cajas de ahorros y fundaciones militantes que han de pagar favores de otros tiempos.
Otra consecuencia, acaso más nefasta que las anteriores, de este declive de la acción pública ha sido el concepto de cultura que ha arraigado en la opinión pública como un medio de notoriedad para unos cuantos arribistas que han quedado como los garantes de las esencias artísticas gracias al apoyo arbitrario de los responsables políticos, o bien un instrumento para el enriquecimiento de los responsables de los fastos de antaño mediante operaciones financieras sospechosas, e incluso una vía de adoctrinamiento para las masas a causa de unos contenidos adaptados al ideario del partido que ostenta el poder en cada momento. En definitiva, un empobrecimiento de la cultura-producto y una aniquilación de la cultura-concepto.
Pero el resultado más decepcionante, inquietante e irritante ha sido la destrucción del tejido cultural de base en beneficio de grandes acontecimientos de masas cuya coartada ha sido la promoción de los atractivos de un territorio determinado, y que no han dejado más huella que un soplo. Horroriza contemplar cómo todos los establecimientos destinados a la formación cultural de la población van desapareciendo por abandono o descapitalización después de que se hayan invertido cantidades astronómicas en actividades tan descomunales como inanes que han reportado pingües beneficios profesionales y económicos a determinados grupos de políticos y empresarios, a cambio de la ruina de la mayoría de gestores y el desprecio a la sociedad y a los artistas que no se han postrado ante ellos. Sólo hay que analizar los números para comprobar este desastre.
Hace tiempo que tengo claro que la cultura no es competencia de los políticos, que deberían desaparecer las concejalías, consejerías e incluso el ministerio de Cultura, que la institución pública debe disponer los medios necesarios para el desarrollo del conocimiento y la creatividad para que el pueblo se forme, se instruya, adquiera la sabiduría, el criterio y el sentido crítico que servirán de equipaje en su viaje en busca de la cultura.
Riesgos calculados (o eso quiero pensar)
"Ahora que andamos despacio, vamos a contar mentiras.
Por el mar corren las liebres; por el monte, las sardinas".
Quiero pensar que los individuos a quienes los ciudadanos hemos concedido la confianza necesaria para conducir con sensatez la administración pública, hayan calculado bien los riesgos ante una de las crisis socioeconómicas más graves que se han conocido en la Historia del mundo civilizado. Porque sería insensato mantener un discurso esperanzador cuando lo que hace falta es una dosis de coraje inusitada, incluso en perjuicio de un estado del bienestar que ha quedado en entredicho por el control absoluto de algo tan difuso e inabarcable como es el mercado. Los responsables políticos deben plantearse de inmediato si a lo que se aspira es a salvar las estructuras del Estado o supeditarlo a las decisiones de organismos supranacionales, que sólo buscan la estabilidad de un mercado global cautivo de los especuladores.
La naturaleza del dinero se ha difuminado en una niebla de operaciones financieras incontrolables que se llevan a cabo en ignotos espacios, dominados por intereses depredadores que no atienden a la rentabilidad futura sino al beneficio inmediato. Quiero pensar que aún no es tarde para reunir las piezas de la soberanía nacional y recomponer el estado social, al que se debe someter el estado financiero. No al revés. Y para ello, el reconocimiento de la fuerza de trabajo es fundamental, pues un Estado que desprecia a sus trabajadores en beneficio de los inversores jamás podrá prosperar. El capital humano sigue siendo fundamental para el desarrollo económico de los estados, y es necesario cuidarlo en extremo ante las exigencias de un mercado sin escrúpulos que exige menores costes laborales y fiscales.
¿A qué esperan las instituciones europeas para blindar los mercados nacionales de sus miembros? A menos que el fin que se persigue sea precisamente el hundimiento de las economías estatales para rebajar los costes que permitan a las corporaciones invertir con garantías de beneficio, despreciando los derechos laborales y exigiendo unos sacrificios excepcionales a la población con la coartada de la creación de empleo, no entiendo esta pasividad y mucho menos los mensajes esperanzadores en un momento de evidente incertidumbre. Es como ese capitán de barco que aún anima a su tripulación a quedarse en la nave a pesar de que el agua le llega al cuello. ¿Cuándo le haremos frente al enemigo? La fiesta acabó y la basura se acumula; no habrá otra fiesta igual y si la hay los invitados serán muchos menos y más selectos. ¿Dejaremos que se diviertan a nuestra costa una vez más, a cambio de unas cuantas migajas que duran poco y no alimentan nada?
La casta política, que nunca debe olvidar que ocupan esos cargos porque el pueblo así lo ha decidido, debe saber que la paciencia tiene un límite y las reacciones sociales de Francia, Inglaterra, Grecia y ahora Irlanda no son más que ensayos generales de lo que puede suceder si se aprieta demasiado el dogal. El paro no es más que una consecuencia, pues en números absolutos son más los que aún disfrutan del empleo que los que ya no saben si volverán a tener otro, pero la amenaza está ahí y es fruto de inquietud, decepción y suspicacia. Matices que no ayudan a procurar la competitividad necesaria en una economía. Esos riesgos acechan por doquier y los gobiernos deben ser conscientes de que todo puede estallar en cualquier momento. ¿Han calculado ese riesgo o seguirán mintiendo tenazmente?
Los acontecimientos que ilustran esta decadencia del sistema capitalista occidental refuerzan mi certeza de que la casta política ha sido la principal responsable de esta situación. Los bancos, consumidores, mercados y demás agentes de la globalización interpretaron el papel que se les asignó con una eficiencia digna de encomio, por lo que ahora no se les puede señalar como los únicos responsables de un desastre más que anunciado. Los estados aceptaron el frenesí de sus administrados como esos padres que se resignan a que sus hijos molesten a los vecinos con sus juegos, apelando a la inconsciencia de la criatura sin ocultar una mezquina satisfacción al ver como va aprendiendo nuevos hábitos; si el niño causa por fin algún desperfecto no le deberían culpar ante las quejas de los vecinos con aquello de que el pobre no sabe lo que hace. Algo así parece suceder ahora: los bancos ejercieron su negocio, los consumidores aprovecharon las ofertas y el mercado las posibilidades. ¿Qué hacían los Estados mientras los niños alborotaban? Complacerse de lo bien que crecían y lo mucho que aprendían. Ahora tenemos adolescentes maleducados y obesos, que presionan a los padres para que les devuelvan todo aquello que han perdido en el camino o, al menos, les proporcionen otro hogar para destruir. Una ruina, en definitiva.
La resolución de este problema es muy compleja y probablemente carezca de resultado, sobre todo cuando los padres de la criatura están en permanente gresca. Es lamentable que desde que en 2008 se declarara formalmente esta crisis, aún no se haya producido al menos en España ese gesto de grandeza política tan necesario para devolver la confianza a la sociedad, y los partidos estén aún inmersos en un combate tan agresivo como insustancial. ¿Esperan quizás a que los especuladores acaben declarando el combate nulo y los luchadores deban ser atendidos en el mismo hospital y con los mismos medicamentos, mientras el público se marcha a sus casas decepcionado y con la sensación de haber perdido el dinero de la entrada?
Si eso sucediera y España se viera conducida al abismo del rescate financiero, ya no sería aceptable la apatía de una sociedad demasiado confiada. La reacción sería inevitable y necesaria, aunque aún estamos a tiempo de demandar decisiones colegiadas que contribuyan a salvar los pocos muebles que aún quedan en este hogar en ruinas.
Solo un plan consensuado, más allá de intereses electorales, sobre las medidas necesarias para fortalecer la estructura económica y social española, sería un buen paso en el camino de la solución. Ya no cabe la pugna, es necesario que los luchadores vuelvan a sus rincones, reflexionen y decidan acabar con este combate de desgaste que fatiga a la audiencia. Ninguna aspiración política justifica la destrucción de un país, y si quienes tienen el deber de aceptarlo no lo hacen tendrá que ser la sociedad la que se lo demande.
Por el mar corren las liebres; por el monte, las sardinas".
Quiero pensar que los individuos a quienes los ciudadanos hemos concedido la confianza necesaria para conducir con sensatez la administración pública, hayan calculado bien los riesgos ante una de las crisis socioeconómicas más graves que se han conocido en la Historia del mundo civilizado. Porque sería insensato mantener un discurso esperanzador cuando lo que hace falta es una dosis de coraje inusitada, incluso en perjuicio de un estado del bienestar que ha quedado en entredicho por el control absoluto de algo tan difuso e inabarcable como es el mercado. Los responsables políticos deben plantearse de inmediato si a lo que se aspira es a salvar las estructuras del Estado o supeditarlo a las decisiones de organismos supranacionales, que sólo buscan la estabilidad de un mercado global cautivo de los especuladores.
La naturaleza del dinero se ha difuminado en una niebla de operaciones financieras incontrolables que se llevan a cabo en ignotos espacios, dominados por intereses depredadores que no atienden a la rentabilidad futura sino al beneficio inmediato. Quiero pensar que aún no es tarde para reunir las piezas de la soberanía nacional y recomponer el estado social, al que se debe someter el estado financiero. No al revés. Y para ello, el reconocimiento de la fuerza de trabajo es fundamental, pues un Estado que desprecia a sus trabajadores en beneficio de los inversores jamás podrá prosperar. El capital humano sigue siendo fundamental para el desarrollo económico de los estados, y es necesario cuidarlo en extremo ante las exigencias de un mercado sin escrúpulos que exige menores costes laborales y fiscales.
¿A qué esperan las instituciones europeas para blindar los mercados nacionales de sus miembros? A menos que el fin que se persigue sea precisamente el hundimiento de las economías estatales para rebajar los costes que permitan a las corporaciones invertir con garantías de beneficio, despreciando los derechos laborales y exigiendo unos sacrificios excepcionales a la población con la coartada de la creación de empleo, no entiendo esta pasividad y mucho menos los mensajes esperanzadores en un momento de evidente incertidumbre. Es como ese capitán de barco que aún anima a su tripulación a quedarse en la nave a pesar de que el agua le llega al cuello. ¿Cuándo le haremos frente al enemigo? La fiesta acabó y la basura se acumula; no habrá otra fiesta igual y si la hay los invitados serán muchos menos y más selectos. ¿Dejaremos que se diviertan a nuestra costa una vez más, a cambio de unas cuantas migajas que duran poco y no alimentan nada?
La casta política, que nunca debe olvidar que ocupan esos cargos porque el pueblo así lo ha decidido, debe saber que la paciencia tiene un límite y las reacciones sociales de Francia, Inglaterra, Grecia y ahora Irlanda no son más que ensayos generales de lo que puede suceder si se aprieta demasiado el dogal. El paro no es más que una consecuencia, pues en números absolutos son más los que aún disfrutan del empleo que los que ya no saben si volverán a tener otro, pero la amenaza está ahí y es fruto de inquietud, decepción y suspicacia. Matices que no ayudan a procurar la competitividad necesaria en una economía. Esos riesgos acechan por doquier y los gobiernos deben ser conscientes de que todo puede estallar en cualquier momento. ¿Han calculado ese riesgo o seguirán mintiendo tenazmente?
Los acontecimientos que ilustran esta decadencia del sistema capitalista occidental refuerzan mi certeza de que la casta política ha sido la principal responsable de esta situación. Los bancos, consumidores, mercados y demás agentes de la globalización interpretaron el papel que se les asignó con una eficiencia digna de encomio, por lo que ahora no se les puede señalar como los únicos responsables de un desastre más que anunciado. Los estados aceptaron el frenesí de sus administrados como esos padres que se resignan a que sus hijos molesten a los vecinos con sus juegos, apelando a la inconsciencia de la criatura sin ocultar una mezquina satisfacción al ver como va aprendiendo nuevos hábitos; si el niño causa por fin algún desperfecto no le deberían culpar ante las quejas de los vecinos con aquello de que el pobre no sabe lo que hace. Algo así parece suceder ahora: los bancos ejercieron su negocio, los consumidores aprovecharon las ofertas y el mercado las posibilidades. ¿Qué hacían los Estados mientras los niños alborotaban? Complacerse de lo bien que crecían y lo mucho que aprendían. Ahora tenemos adolescentes maleducados y obesos, que presionan a los padres para que les devuelvan todo aquello que han perdido en el camino o, al menos, les proporcionen otro hogar para destruir. Una ruina, en definitiva.
La resolución de este problema es muy compleja y probablemente carezca de resultado, sobre todo cuando los padres de la criatura están en permanente gresca. Es lamentable que desde que en 2008 se declarara formalmente esta crisis, aún no se haya producido al menos en España ese gesto de grandeza política tan necesario para devolver la confianza a la sociedad, y los partidos estén aún inmersos en un combate tan agresivo como insustancial. ¿Esperan quizás a que los especuladores acaben declarando el combate nulo y los luchadores deban ser atendidos en el mismo hospital y con los mismos medicamentos, mientras el público se marcha a sus casas decepcionado y con la sensación de haber perdido el dinero de la entrada?
Si eso sucediera y España se viera conducida al abismo del rescate financiero, ya no sería aceptable la apatía de una sociedad demasiado confiada. La reacción sería inevitable y necesaria, aunque aún estamos a tiempo de demandar decisiones colegiadas que contribuyan a salvar los pocos muebles que aún quedan en este hogar en ruinas.
Solo un plan consensuado, más allá de intereses electorales, sobre las medidas necesarias para fortalecer la estructura económica y social española, sería un buen paso en el camino de la solución. Ya no cabe la pugna, es necesario que los luchadores vuelvan a sus rincones, reflexionen y decidan acabar con este combate de desgaste que fatiga a la audiencia. Ninguna aspiración política justifica la destrucción de un país, y si quienes tienen el deber de aceptarlo no lo hacen tendrá que ser la sociedad la que se lo demande.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Vampiros, zombis y demás sintonías
No deja de maravillarme la capacidad de la industria del entretenimiento por sintonizar con las realidades del consumidor, presentándole ofertas subliminales que se adaptan como un guante a los terrores que sufre. Si en plena hecatombe del fabuloso edificio financiero mundial, con los gobiernos rascándose los bolsillos para salvar de la ruina a los banqueros, las pantallas, páginas y demás soportes mediáticos se llenaron de vampiros, hoy que los tiburones han recuperado la salud a costa del desmantelamiento del estado del bienestar, las pantallas, páginas y mediatecas se han entregado a los zombis. No quiero ni pensar cuando los hombres lobo pueblen el espacio, pues será señal de la pérdida absoluta de la personalidad, del primitivismo incontrolado, del caos.
Tampoco deja de fascinarme el poder hipnótico de la curia romana sobre los incautos y condescendientes librepensadores. El presidente de la corporación católica dice sin rubor que el uso del condón estaría permitido en las relaciones sexuales con prostitutas, y los progres del mundo unidos exhalan un suspiro de alivio en vez de acojonarse ante semejante insulto a la mujer. El papa admite que el rebaño masculino necesita desfogarse con carnes mercenarias por lo que mejor tomar precauciones no sea que algún mal coarte la virtud a la que están obligados en su vida cotidiana. El macho ha de conservarse puro y sano ante los embates de la hembra procaz. Ya lo predicaron los padres de la Iglesia en tiempos remotos y no va a ser menos hoy. Esas palabras me recuerdan a las de aquellos represores sanguinarios que, impelidos por una repentina compasión, decidían exterminar a sus víctimas con métodos menos dolorosos y más rápidos. La capacidad de humillación de la mujer por parte de la casta clerical es inabarcable.
Qué triste es la indolencia del pueblo ante semejantes productos de consumo.
Tampoco deja de fascinarme el poder hipnótico de la curia romana sobre los incautos y condescendientes librepensadores. El presidente de la corporación católica dice sin rubor que el uso del condón estaría permitido en las relaciones sexuales con prostitutas, y los progres del mundo unidos exhalan un suspiro de alivio en vez de acojonarse ante semejante insulto a la mujer. El papa admite que el rebaño masculino necesita desfogarse con carnes mercenarias por lo que mejor tomar precauciones no sea que algún mal coarte la virtud a la que están obligados en su vida cotidiana. El macho ha de conservarse puro y sano ante los embates de la hembra procaz. Ya lo predicaron los padres de la Iglesia en tiempos remotos y no va a ser menos hoy. Esas palabras me recuerdan a las de aquellos represores sanguinarios que, impelidos por una repentina compasión, decidían exterminar a sus víctimas con métodos menos dolorosos y más rápidos. La capacidad de humillación de la mujer por parte de la casta clerical es inabarcable.
Qué triste es la indolencia del pueblo ante semejantes productos de consumo.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Adiós a las ideas
Quizás alguna vez se sepa la cantidad de dinero gastada por los responsables de las instituciones públicas en mantener el aparato de propaganda que les permite conservar saludables sus opciones a revalidar el poder que ostentan, y que les confiere una situación social y económica privilegiada inalcanzable por sus propias capacidades. Quizás ese día, la ciudadanía que sufraga semejante disparate se sacuda la apatía y reclame lo que es suyo. Quizás ese día, renazca el espíritu crítico de una sociedad que hasta ahora contempla con indiferencia la indecencia y el mal gusto, la calumnia, la injuria y la banalidad impunes que se intercambian en pretenciosos concilios en los que participan individuos que, en otros tiempos menos permisivos y más selectos, permanecían apartados de los focos o recluidos en pequeños reductos sectarios e inmovilistas. Quizás algún día se aprenda a separar el grano de la paja, a detectar los abusos verbales y la manipulación interesada al servicio de una casta política carente de escrúpulos cuya única aspiración es el beneficio propio, empleando a la sociedad como coartada de sus desmanes. Quizás también ese día llegue demasiado tarde y el daño sea irreparable, por lo que es urgente tomar posiciones y desenmascarar a los farsantes, indentificándolos y mostrando sus vergüenzas.
Sin embargo, hay un obstáculo que hoy parece insalvable: la libre competencia de las empresas que se dedican a la información. ¿Es posible una información de calidad, un regreso a la controversia basada en las ideas y no en las ideologías, cuando las empresas de comunicación basan su futuro en la obtención de beneficios publicitarios determinados por la amplitud de las audiencias? ¿Es la búsqueda de la calidad una batalla perdida, cuando el común de la sociedad se debate entre la ignorancia y el sectarismo? ¿Cuál debería ser el primer paso que encamine la información hacía una vía de sensatez: la instrucción de la sociedad para que exijan unos contenidos adecuados, o que los medios abandonen el vasallaje desafiando al mercado con productos aceptables?
Es claro que en el ámbito privado difícilmente se puede encauzar la oferta hacia productos sanos si antes no se crea una audiencia que los exija, a menos que las autoridades impongan unas normas de conducta inasumibles en un estado de derecho donde la libertad de expresión es un dogma, por lo que deberían ser los propios medios quienes se regulen para adaptarse a un escenario ético más allá de la aceptación de la opinión pública; y, por supuesto, las empresas anunciadoras deben contribuir con sus inversiones a que esto sea así, alejándose de la tentación del beneficio rápido con productos refractarios a los valores morales esenciales.
Sería un ingenuo si pensara que ese proceso se puede convertir en realidad, pues poco o nada puede la moral con la codicia en un mundo excesivamente competitivo, donde no cabe el matiz ni la alternativa. Sólo en el campo de batalla de las audiencias es posible establecer una nueva opción y hacer cambiar el rumbo de los criterios que rigen los contenidos de los medios de comunicación privados. La institución pública asume un papel protagonista en este hipotético proceso, convirtiéndose en ejemplo o banco de pruebas que desarrolle el nuevo modelo de comunicación para luego perfeccionarlo y exportarlo. No quiero decir con esto que dicho modelo sea perfecto en su totalidad, aunque sí puede servir de sustrato para luego edificar sobre él una oferta adaptada a los criterios de estilo y comerciales de cada empresa. La experiencia de los medios estatales en los últimos meses es un claro exponente de que el modelo informativo desapasionado es posible: las crecientes audiencias avalan una oferta de servicio público donde caben el entretenimiento, la información, la divulgación y el debate sin menosprecio de la calidad, con un desarrollo adecuado de las nuevas tecnologías y una variedad de contenido y pluralidad de opiniones sin parangón. Esta es la mejor forma de instruir los gustos y las necesidades informativas de la opinión pública, para desarrollar su espíritu crítico y sus exigencias de calidad.
Todo lo contrario sucede en los medios de comunicación públicos dependientes de las comunidades autónomas, pues al concebirlos como entes de gestión privada tutelados por la gobernación de turno, se les conduce a un estado de profunda esquizofrenia que resulta inconcebible, por cuanto el gestor empresarial ha de servir en exclusiva a unos intereses partidistas que condicionan los contenidos y los criterios de selección de opiniones. Los medios públicos se convierten así en parte de ese fabuloso aparato de propaganda al servicio de la opción política gobernante, proponiendo un modelo que se nutre de la avidez del sector privado y la complacencia de la inversión pública y creando un estado de clientelismo feroz en el que los anunciadores se ven atrapados en una red de favores que reporta una rentabilidad insignificante, ya que las audiencias no acompañan al esfuerzo denodado por cautivarlas. El resultado es una ruina para las arcas públicas y el empobrecimiento de la calidad informativa intolerable.
Sólo privando al gobernante de turno del control absoluto del funcionamiento de los medios de comunicación públicos, mediante fórmulas de arbitraje, control y auditoria por parte de profesionales independientes y capaces, sería posible impedir que estos organismos se conviertan en foros de adoctrinamiento y coacción en manos de individuos indocumentados, serviles, sectarios y zafios. Y todo pagado con el esfuerzo de una sociedad que tiene la obligación de demandar cordura y eficiencia, o al menos la atención que costea. No se puede justificar esta destrucción de la realidad con la coartada del empleo y la libertad de expresión, porque todas las libertades tienen sus límites y, en este caso, el tope está en el respeto a la pluralidad al que están obligadas todas las instituciones públicas.
Sin embargo, hay un obstáculo que hoy parece insalvable: la libre competencia de las empresas que se dedican a la información. ¿Es posible una información de calidad, un regreso a la controversia basada en las ideas y no en las ideologías, cuando las empresas de comunicación basan su futuro en la obtención de beneficios publicitarios determinados por la amplitud de las audiencias? ¿Es la búsqueda de la calidad una batalla perdida, cuando el común de la sociedad se debate entre la ignorancia y el sectarismo? ¿Cuál debería ser el primer paso que encamine la información hacía una vía de sensatez: la instrucción de la sociedad para que exijan unos contenidos adecuados, o que los medios abandonen el vasallaje desafiando al mercado con productos aceptables?
Es claro que en el ámbito privado difícilmente se puede encauzar la oferta hacia productos sanos si antes no se crea una audiencia que los exija, a menos que las autoridades impongan unas normas de conducta inasumibles en un estado de derecho donde la libertad de expresión es un dogma, por lo que deberían ser los propios medios quienes se regulen para adaptarse a un escenario ético más allá de la aceptación de la opinión pública; y, por supuesto, las empresas anunciadoras deben contribuir con sus inversiones a que esto sea así, alejándose de la tentación del beneficio rápido con productos refractarios a los valores morales esenciales.
Sería un ingenuo si pensara que ese proceso se puede convertir en realidad, pues poco o nada puede la moral con la codicia en un mundo excesivamente competitivo, donde no cabe el matiz ni la alternativa. Sólo en el campo de batalla de las audiencias es posible establecer una nueva opción y hacer cambiar el rumbo de los criterios que rigen los contenidos de los medios de comunicación privados. La institución pública asume un papel protagonista en este hipotético proceso, convirtiéndose en ejemplo o banco de pruebas que desarrolle el nuevo modelo de comunicación para luego perfeccionarlo y exportarlo. No quiero decir con esto que dicho modelo sea perfecto en su totalidad, aunque sí puede servir de sustrato para luego edificar sobre él una oferta adaptada a los criterios de estilo y comerciales de cada empresa. La experiencia de los medios estatales en los últimos meses es un claro exponente de que el modelo informativo desapasionado es posible: las crecientes audiencias avalan una oferta de servicio público donde caben el entretenimiento, la información, la divulgación y el debate sin menosprecio de la calidad, con un desarrollo adecuado de las nuevas tecnologías y una variedad de contenido y pluralidad de opiniones sin parangón. Esta es la mejor forma de instruir los gustos y las necesidades informativas de la opinión pública, para desarrollar su espíritu crítico y sus exigencias de calidad.
Todo lo contrario sucede en los medios de comunicación públicos dependientes de las comunidades autónomas, pues al concebirlos como entes de gestión privada tutelados por la gobernación de turno, se les conduce a un estado de profunda esquizofrenia que resulta inconcebible, por cuanto el gestor empresarial ha de servir en exclusiva a unos intereses partidistas que condicionan los contenidos y los criterios de selección de opiniones. Los medios públicos se convierten así en parte de ese fabuloso aparato de propaganda al servicio de la opción política gobernante, proponiendo un modelo que se nutre de la avidez del sector privado y la complacencia de la inversión pública y creando un estado de clientelismo feroz en el que los anunciadores se ven atrapados en una red de favores que reporta una rentabilidad insignificante, ya que las audiencias no acompañan al esfuerzo denodado por cautivarlas. El resultado es una ruina para las arcas públicas y el empobrecimiento de la calidad informativa intolerable.
Sólo privando al gobernante de turno del control absoluto del funcionamiento de los medios de comunicación públicos, mediante fórmulas de arbitraje, control y auditoria por parte de profesionales independientes y capaces, sería posible impedir que estos organismos se conviertan en foros de adoctrinamiento y coacción en manos de individuos indocumentados, serviles, sectarios y zafios. Y todo pagado con el esfuerzo de una sociedad que tiene la obligación de demandar cordura y eficiencia, o al menos la atención que costea. No se puede justificar esta destrucción de la realidad con la coartada del empleo y la libertad de expresión, porque todas las libertades tienen sus límites y, en este caso, el tope está en el respeto a la pluralidad al que están obligadas todas las instituciones públicas.
viernes, 12 de noviembre de 2010
Mercancías
Felipe González remueve el fango del pasado en una entrevista a un medio de comunicación. Le acaban de publicar un libro. George W. Bush declara ante los periodistas que nunca quiso declarar la guerra a Irak. Le acaban de publicar un libro. Ali Agca aparece en un programa de televisión y acusa a la curia vaticana de instigar el asesinato de Juan Pablo II. Le acaban de publicar un libro. Fernando Sánchez Dragó reconoce públicamente su gusto por las niñas. Le acaban de publicar un libro.
Los medios de comunicación se lanzan en picado hacia declaraciones tan jugosas, logran la reacción de las tribus de fieles y detractores, la opinión pública consume complacida el espectáculo, y en las librerías se llenan las mesas de novedades con los ejemplares de estos personajes.
Dentro de unas semanas, cuando quizás a los perros les dé por morder a sus amos o alguna catástrofe se ensañe con algún rincón de la desprevenida humanidad, la atención se desvanecerá y los periodistas dirigirán su objetivo hacia otros planos. Hasta entonces es probable que aquellos hayan vendido algún volumen más de lo previsto y todos contentos.
Nadie con un mínimo de perspectiva puede eludir el tufo a oportunismo de todas estas declaraciones, cuando en realidad nada hacen quienes las pronuncian por enmendar sus errores pasados ni procurar que no se vuelvan a cometer. El mercado acoge con suma satisfacción todo aquello que procura unos beneficios inmediatos sin reparar en las consecuencias ni valorar sus efectos en el futuro. Todo gracias a una opinión pública acrítica.
Más. El alcance de la última visita del Papa a España se midió en expectativas comerciales. Sin embargo no se cumplieron ni por asomo. Entonces me pregunto si la inversión para traer a este tipo ya no será tan rentable la próxima vez y las instituciones perderán interés, lo que causaría un grave inconveniente para los promotores de semejantes acontecimientos, pues o bien tendrían que rascarse el bolsillo o también reducir el boato para abaratar la factura.
El mensaje es lo de menos. El interés radica en el negocio, aunque no quede nada una vez pasado el vendaval.
Y más. La planta noble de las grandes empresas se llena de políticos amortizados. ¿Por su eficiencia? No, por sus influencias. La certeza de un ascenso en la escala social es el reclamo más atractivo para acceder a la política, para cuya carrera no es necesaria la formación, la experiencia ni la instrucción, sino la astucia, la lealtad y la ausencia de escrúpulos. El inexistente sentido crítico blinda las posibilidades de unos individuos que aspiran a unos privilegios que no alcanzarían jamás con sus propios medios. Espacios selectos vedados para el común de los mortales, queda expeditos para una casta de advenedizos poseedora de codiciadas agendas y de llaves maestras que abren las puertas del negocio institucional. La política se convierte así en el pasaporte a la notoriedad social y en un salvoconducto para la estabilidad laboral y económica. El bien general se convierte en axioma para la impunidad de unas gentes que utilizan a la sociedad como coartada de su impudicia. Sólo necesitan que les renueven el contrato cada cuatro años, y para ello no hay nada mejor como la coacción ética en un primer término, y el miedo al cambio (la proteofobia de la que habla Bauman) y el ejercicio especular (soy el espejo en el que todos se pueden mirar y, por lo tanto, imitar) como recursos esenciales para la preservación.
La casta política ha alcanzado un poder omnímodo basado en la incapacidad de la sociedad para interpretar el presente como un tránsito y no como un absoluto. Pero el ciudadano reclama absolutos y elude el esfuerzo de ensamblar las piezas que proporciona el análisis profundo de las realidades; prefiere administrar los elementos primordiales de su existencia en vez de escrutar las posibilidades de futuro. Aspira a lo inmediato pues considera que ello permitirá administrar el porvenir. Y cede esa responsabilidad al político con la esperanza de que le proporcione los recursos necesarios para el bienestar circunscrito, eso sí, a unas necesidades básicas que conjuren las dificultades. Es decir, obtener unos ingresos suficientes para poder consumir los productos que ofrece el mercado.
La casta política es consciente del bajo precio que ha de pagar para conservar sus privilegios, pues la ausencia del sentido crítico social le permite mercadear con compromisos que, luego de garantizarse otro periodo de estabilidad personal, se revelan vanos o falsos. La retórica y la fidelidad de una tribu adepta les salva entonces de una decepción popular que, lejos de reflejarse en un reproche manifiesto, deriva hacia la indiferencia o la resignación. Una sociedad así es incapaz de reproducir las distopías que Saramago expone en sus magníficas 'Ensayo sobre la ceguera', 'Ensayo sobre la lucidez' y 'Las intermitencias de la muerte', mientras que la representación del poder está perfectamente descrito en todas esas obras.
Quizás, y solo quizás, si la sociedad fuese consciente de que se ha convertido en servidora de la casta política y no al revés, como debería ser, podría producirse esa reacción necesaria que definiese claramente las responsabilidades y, sobre todo, los límites del ejercicio del poder.
Los medios de comunicación se lanzan en picado hacia declaraciones tan jugosas, logran la reacción de las tribus de fieles y detractores, la opinión pública consume complacida el espectáculo, y en las librerías se llenan las mesas de novedades con los ejemplares de estos personajes.
Dentro de unas semanas, cuando quizás a los perros les dé por morder a sus amos o alguna catástrofe se ensañe con algún rincón de la desprevenida humanidad, la atención se desvanecerá y los periodistas dirigirán su objetivo hacia otros planos. Hasta entonces es probable que aquellos hayan vendido algún volumen más de lo previsto y todos contentos.
Nadie con un mínimo de perspectiva puede eludir el tufo a oportunismo de todas estas declaraciones, cuando en realidad nada hacen quienes las pronuncian por enmendar sus errores pasados ni procurar que no se vuelvan a cometer. El mercado acoge con suma satisfacción todo aquello que procura unos beneficios inmediatos sin reparar en las consecuencias ni valorar sus efectos en el futuro. Todo gracias a una opinión pública acrítica.
Más. El alcance de la última visita del Papa a España se midió en expectativas comerciales. Sin embargo no se cumplieron ni por asomo. Entonces me pregunto si la inversión para traer a este tipo ya no será tan rentable la próxima vez y las instituciones perderán interés, lo que causaría un grave inconveniente para los promotores de semejantes acontecimientos, pues o bien tendrían que rascarse el bolsillo o también reducir el boato para abaratar la factura.
El mensaje es lo de menos. El interés radica en el negocio, aunque no quede nada una vez pasado el vendaval.
Y más. La planta noble de las grandes empresas se llena de políticos amortizados. ¿Por su eficiencia? No, por sus influencias. La certeza de un ascenso en la escala social es el reclamo más atractivo para acceder a la política, para cuya carrera no es necesaria la formación, la experiencia ni la instrucción, sino la astucia, la lealtad y la ausencia de escrúpulos. El inexistente sentido crítico blinda las posibilidades de unos individuos que aspiran a unos privilegios que no alcanzarían jamás con sus propios medios. Espacios selectos vedados para el común de los mortales, queda expeditos para una casta de advenedizos poseedora de codiciadas agendas y de llaves maestras que abren las puertas del negocio institucional. La política se convierte así en el pasaporte a la notoriedad social y en un salvoconducto para la estabilidad laboral y económica. El bien general se convierte en axioma para la impunidad de unas gentes que utilizan a la sociedad como coartada de su impudicia. Sólo necesitan que les renueven el contrato cada cuatro años, y para ello no hay nada mejor como la coacción ética en un primer término, y el miedo al cambio (la proteofobia de la que habla Bauman) y el ejercicio especular (soy el espejo en el que todos se pueden mirar y, por lo tanto, imitar) como recursos esenciales para la preservación.
La casta política ha alcanzado un poder omnímodo basado en la incapacidad de la sociedad para interpretar el presente como un tránsito y no como un absoluto. Pero el ciudadano reclama absolutos y elude el esfuerzo de ensamblar las piezas que proporciona el análisis profundo de las realidades; prefiere administrar los elementos primordiales de su existencia en vez de escrutar las posibilidades de futuro. Aspira a lo inmediato pues considera que ello permitirá administrar el porvenir. Y cede esa responsabilidad al político con la esperanza de que le proporcione los recursos necesarios para el bienestar circunscrito, eso sí, a unas necesidades básicas que conjuren las dificultades. Es decir, obtener unos ingresos suficientes para poder consumir los productos que ofrece el mercado.
La casta política es consciente del bajo precio que ha de pagar para conservar sus privilegios, pues la ausencia del sentido crítico social le permite mercadear con compromisos que, luego de garantizarse otro periodo de estabilidad personal, se revelan vanos o falsos. La retórica y la fidelidad de una tribu adepta les salva entonces de una decepción popular que, lejos de reflejarse en un reproche manifiesto, deriva hacia la indiferencia o la resignación. Una sociedad así es incapaz de reproducir las distopías que Saramago expone en sus magníficas 'Ensayo sobre la ceguera', 'Ensayo sobre la lucidez' y 'Las intermitencias de la muerte', mientras que la representación del poder está perfectamente descrito en todas esas obras.
Quizás, y solo quizás, si la sociedad fuese consciente de que se ha convertido en servidora de la casta política y no al revés, como debería ser, podría producirse esa reacción necesaria que definiese claramente las responsabilidades y, sobre todo, los límites del ejercicio del poder.
miércoles, 27 de octubre de 2010
Efectos del destrozo climático en Caniculandia X. Pedagogía
El mismo día que las altas esferas académicas concedieron a la Universidad de Caniculandia la posibilidad de obtener un crédito de 5,3 millones de euros para impulsar proyectos de investigación, contemplo con estupor el peregrinar de cientos de estudiantes universitarios cargados de botellas de plástico llenas de alcohol de beber hacia el recinto que la propia universidad ha elegido para darles la bienvenida, bajo el lema 'Hábitos saludables'. Curiosa paradoja, me dije, pues mientras unos venden la excelencia de la institución otros se resignen a la imparable idiocia juvenil de haber convertido la borrachera en un fin, y no en ese medio que muchos emplean para superar miedos, inseguridades y timideces, o en esa inevitable consecuencia de una animada reunión de amigos. Y pensé en los decorados de esas películas que antaño se utilizaban para ambientar otras épocas o lugares y que sólo servían para engañar al espectador, pues tras esas vistosas fachadas sólo había andamios y tramoya en vez de esos lugares habitables que se dibujan en la imaginación.
Una universidad de cartón piedra que celebra con regocijo un premio de consolación, incomprensiblemente más cuantioso que algunos de los otorgados a instituciones distinguidas con una mención más relevante, y que me lleva a conjeturar si ese escrutinio a la excelencia académica no es más que otra pantomima o una tómbola donde siempre toca, si no un pito, una pelota. Por mucho que me lo expliquen, no logro comprender esa componenda por la que el premio de consolación se acoge con alborozo eludiendo la autocrítica. Porque si se aspira a la medalla de oro y se logra la de bronce algo no ha debido de funcionar, y el valor de la medalla no es motivo para evitar hacer un examen de conciencia y a conciencia para detectar y resolver los problemas de la institución, y admitir que la excelencia se alcanza con buena gestión, tenacidad, ideas y constancia, en vez de brindar por algo que apesta a farsa política
El corolario de ese vodevil académico bien puede ser ese rebaño de almas en pena en pos de una folloneta triste y deslavazada y que luego habrán de llenar las aulas de las facultades; y aunque no oculto mi satisfacción por que algunos de los auténticos universitarios se puedan beneficiar de ese dinero, espero que aprovechen la oportunidad para obtener los beneficios necesarios que permitan devolver el préstamo cuando toque. Porque si lo que se le ha concedido a la Universidad de Caniculandia es un crédito, deduzco que lo tendrá que devolver algún día. Y por eso deseo que quienes deban gestionar el dinero lo hagan con sensatez, no sea que luego sólo tengan para devolver los envases vacíos del botellón.
Una universidad de cartón piedra que celebra con regocijo un premio de consolación, incomprensiblemente más cuantioso que algunos de los otorgados a instituciones distinguidas con una mención más relevante, y que me lleva a conjeturar si ese escrutinio a la excelencia académica no es más que otra pantomima o una tómbola donde siempre toca, si no un pito, una pelota. Por mucho que me lo expliquen, no logro comprender esa componenda por la que el premio de consolación se acoge con alborozo eludiendo la autocrítica. Porque si se aspira a la medalla de oro y se logra la de bronce algo no ha debido de funcionar, y el valor de la medalla no es motivo para evitar hacer un examen de conciencia y a conciencia para detectar y resolver los problemas de la institución, y admitir que la excelencia se alcanza con buena gestión, tenacidad, ideas y constancia, en vez de brindar por algo que apesta a farsa política
El corolario de ese vodevil académico bien puede ser ese rebaño de almas en pena en pos de una folloneta triste y deslavazada y que luego habrán de llenar las aulas de las facultades; y aunque no oculto mi satisfacción por que algunos de los auténticos universitarios se puedan beneficiar de ese dinero, espero que aprovechen la oportunidad para obtener los beneficios necesarios que permitan devolver el préstamo cuando toque. Porque si lo que se le ha concedido a la Universidad de Caniculandia es un crédito, deduzco que lo tendrá que devolver algún día. Y por eso deseo que quienes deban gestionar el dinero lo hagan con sensatez, no sea que luego sólo tengan para devolver los envases vacíos del botellón.
viernes, 8 de octubre de 2010
Efectos del destrozo climático en Caniculandia IX. Performances
La acción artística o, como gustan de llamarla los iniciados, performance refleja el signo de los tiempos como ninguna manifestación estética en la que el público forma parte activa. Forma de expresión apreciable en la que las emociones íntimas del artistas se exponen de manera solidaria, espontánea y muchas veces críptica, que estimula la imaginación del observador, a quien se exige un esfuerzo de interpretación saludable aunque no siempre efectivo. Pero también es el territorio del oportunista, el advenedizo y el charlatán. Discernir entre lo realmente nutricio para el espíritu y la mera chanza es, por desgracia, patrimonio de unas élites intelectuales que no siempre aciertan en sus elecciones movidos habitualmente por unos gustos o intereses más que discutibles. Aunque en esa controversia radica la esencia del valor artístico, no es posible llegar al fondo del asunto cuando quien ostenta el mando elude la discusión estableciendo criterios absolutos e inapelables sobre la calidad o la conveniencia de una u otra obra artística. Sin embargo, lo que en el mercado del arte es axioma, en la creación espontánea cabe la discrepancia manifestada en la indiferencia del consumidor. El activista artístico puede proponer sus obras y encontrar el rechazo del público pues su propuesta es efímera y el valor relativo, quedando en la mayoría de ocasiones para consumo interno de fieles y abnegados seguidores. Esa es la mejor identidad del arte activo, y su mayor inconveniente.
La ciudad se ha llenado de performances. Por doquier hay artistas que someten sus obras al escrutinio del público, aunque en este caso no importa la reacción de la audiencia en tanto juegan sobre seguro: cobrar, cobrarán gusten o no. Y eso es un buen argumento para digerir el desprecio o la incomprensión, salvo que el orgullo les dicte lo contrario. La ciudadanía adocenada aceptará sin rechistar sus propuestas, como buen escudo humano para justificar la enorme inversión de dinero público realizada para saciar las ansias de trascendencia de unos cuantos pueblerinos aspirantes a una gloria que se les revela esquiva. No creo que haya muchos paisanos que aprecien el esfuerzo de los artistas por comunicar unos mensajes sencillos con métodos demasiados complejos, aunque a buen seguro que harán las delicias de los estetas de saldo que pueblan estos pagos periféricos.
Para compensar el empacho de trascendentalismo, los arquitectos de la medianía que gobiernan el ayuntamiento y conocen bien los gustos de sus administrados han contraatacado con una performance más cañí, cercana y comprensible para la parroquia. Se trata de un cuadro de hazañas bélicas en la que grupos de 'aficionados a la Historia' -cómo duele eso- representan a su manera gloriosas gestas militares de todos los tiempos. Es decir que, con los artefactos artísticos y las batallitas vivientes llenando el espacio público, no va a haber quien salga a la calle estos días.
La intención, una vez más, es hacer partícipe a todo dios de las ocurrencias de los gobernantes con la aldeana idea de que si les gusta a ellos le tiene que gustar por fuerza a todos. No sé dónde está escrito que la administración pública tiene derecho a molestar a los vecinos hasta altas horas de la madrugada, pero performance o no, el estruendo brutal que me privó del sueño anoche no tiene justificación alguna. Quizás los organizadores del festejo se marcharon a dormir a una hora prudente y lejos de semejante algarabía, y dejaron a sus invitados disfrutando de los decibelios, pero quienes madrugamos les tendremos muy en cuenta las horas de sueño perdidas. Aunque sea por el arte.
La ciudad se ha llenado de performances. Por doquier hay artistas que someten sus obras al escrutinio del público, aunque en este caso no importa la reacción de la audiencia en tanto juegan sobre seguro: cobrar, cobrarán gusten o no. Y eso es un buen argumento para digerir el desprecio o la incomprensión, salvo que el orgullo les dicte lo contrario. La ciudadanía adocenada aceptará sin rechistar sus propuestas, como buen escudo humano para justificar la enorme inversión de dinero público realizada para saciar las ansias de trascendencia de unos cuantos pueblerinos aspirantes a una gloria que se les revela esquiva. No creo que haya muchos paisanos que aprecien el esfuerzo de los artistas por comunicar unos mensajes sencillos con métodos demasiados complejos, aunque a buen seguro que harán las delicias de los estetas de saldo que pueblan estos pagos periféricos.
Para compensar el empacho de trascendentalismo, los arquitectos de la medianía que gobiernan el ayuntamiento y conocen bien los gustos de sus administrados han contraatacado con una performance más cañí, cercana y comprensible para la parroquia. Se trata de un cuadro de hazañas bélicas en la que grupos de 'aficionados a la Historia' -cómo duele eso- representan a su manera gloriosas gestas militares de todos los tiempos. Es decir que, con los artefactos artísticos y las batallitas vivientes llenando el espacio público, no va a haber quien salga a la calle estos días.
La intención, una vez más, es hacer partícipe a todo dios de las ocurrencias de los gobernantes con la aldeana idea de que si les gusta a ellos le tiene que gustar por fuerza a todos. No sé dónde está escrito que la administración pública tiene derecho a molestar a los vecinos hasta altas horas de la madrugada, pero performance o no, el estruendo brutal que me privó del sueño anoche no tiene justificación alguna. Quizás los organizadores del festejo se marcharon a dormir a una hora prudente y lejos de semejante algarabía, y dejaron a sus invitados disfrutando de los decibelios, pero quienes madrugamos les tendremos muy en cuenta las horas de sueño perdidas. Aunque sea por el arte.
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